[rebeca]


Rebeca, su nombre sigue dando vueltas en mi cabeza, el rubor de sus labios, bebiendo licor del mismo vaso que yo bebía, todavía siento su mano jugueteando con mis dedos, y entrelazando sus brazos alrededor de mi cuello, sólo había una exigencia en sus labios: "que la abrazara" y yo la abrazaba fuertemente, la estrechaba como si no fuera a soltarla nunca y ella sonreía, sólo miraba su boca robando el color de las flores; y yo queriendo beber de sus labios directamente el néctar más exquisito, un beso.

Fue su mirada lo que me sedujo, pero sus labios fueron los que hicieron rendirme, sentí la flaqueza como recorría mi cuerpo, no era el licor, era su magnetismo, su mirada hipnótica, su pelo desordenado adornando su rostro, me atraía, y colocaba mis dedos en su pelo, lo movía de un lado a otro; dejando al descubierto su cara, mientras ella continuaba bebiendo con gran entusiasmo, yo no podía quitarme esa estúpida sonrisa de mi boca, hasta que ella puso su cigarro en mis labios, le dije que no fumaba, me pidió que se lo detuviera, me quedé en silencio, imposible negarme a cualquier exigencia que su boca pudiera pronunciar, me había conquistado, estaba asaetado por los dardos venenosos de cupido.

Hasta que amaneció, ella no dejó de beber, yo no pude negarle un vaso más de licor, y los dos nos dedicamos a beber, mientras ella se posaba delicadamente en mi hombro, reposando su cabeza, y su aroma me endulzaba.

Caminamos rumbo al metro, en dirección cuatro caminos, y ella seguía atada a mi brazo; la miraba de soslayo, entramos a los andenes, ella, se pegó a la puerta y posó su cabeza en el vidrio, yo le pedí que se sentara, pero se negaba, finalmente, después de unos minutos, quiso sentarse y la llevé hasta su asiento tomándola del brazo, mientras me agarraba de la mano con delicada impresión. Se recostó, posó su cabeza, mirando al cielo. Y me exigió que me sentara en sus piernas, incrédulo, accedí, no comprendí la intención de su amago. Pero pude estar más cerca de ella y cuidarla, en lo que se reponía. Ese fue el final de una historia de domingo por la mañana. El mejor domingo después de mucho tiempo. Cuento las horas para cuando llegue el momento de volver a prenderme de su sonrisa, de su boca, de sus ojos hipnóticos, de su habilidad para atraerme descaradamente, que a mí tanto me gusta.

Ella es Rebeca. Fue un placer. Ese día la conocí, mientras bebíamos, creo que me gustó estar con ella. Y creo… que fue mutuo. Esa forma de hacerme estremecer, no era cotidiana.
¿La volveré a ver el siguiente fin de semana?

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