[idilio]

Te miré fijamente, mientras te acercabas a mí; te contemplaba con detenimiento aunque fingía no observarte para no hacer evidente mi idilio. Cuando posé mi mirada sobre la tuya vinieron los cálidos acogimientos de nuestros brazos y el roce apenas sutil. Resultaba tan común y cotidiano, que no atendía a la absurda exigencia de un deseo interno que ardía sin quemar, las muestras relevantes de un sincero ardor que agitaba.

Tus brazos alrededor de mi cuello, me conmovieron, tuve sólo la cortesía de emular su adulación, con mis manos estrechando fuertemente tu cuerpo, como si no quisiera perder ese elogio que pudiste sellar al contacto fugaz, que me pareció más inmortal que las lenguas romances.
Después de unos segundos que palpé tu espalda, y su calidez me hizo opacar mi fortaleza, me quedé ahí rendido, con la señal inequívoca de haber batido mi fuerza y quedar en estado vulnerable, me consideraba indefenso ante los actos pródigos de afecto desmesurado, entonces bregaba por disimular el desahogo de todas esas palpitaciones, con los sutiles roces persistentes, como batiéndose en disimulados ademanes, que tenían la vibrante intención de posarse en mi piel.

Era un deleite, el sentir su cuerpo fugaz recorrer el mío, aunque sus ojos fueran persistentes de cegarse al mirar detenidamente mi figura cobijada por la sombra de la luz que proyectaban los focos, delante de nosotros, entonces la luz nos envolvía como terciopelo almidonado.
Proseguimos, en el abrazo casi eterno. Luego de desasir nuestros brazos, nuestras manos, y de repeler nuestras mejillas. Tuve que soportar la sensación de su pérdida.

Ella sugirió ir por el otro camino, donde ya no había luces, y las armonías eran más difusas y oscuras. El ambiente también era denso, solitario y adictivo. La soledad era adictiva, aunque ante su lado, era deletérea; por eso preferí alejarme de la soledad, y arraigarme entre sus abrazos, era permanecer en el discreto calor de su hoguera, como si incendiara poco a poco. Y entonces encontré el confort. Despreciaba el confort. Aunque poco a poco me fui cobijando de su arrobo, de su encantamiento, de sentir esa emoción de cuando el pecho vuelve a palpitar, aunque la sangre deje de bullir intensamente.

Vinieron de sus labios las palabras, en diversas tonalidades, yo sugería a mi oído que fueran cautos y atentos ante sus solícitas palabras, pues mi pecho había palpitado, y un efecto menor, no podría esperar ante su vanidad. Bebimos de la misma copa, compartimos esos delirios alcohólicos, y nos preciamos del licor que nos daba vida instantánea.
Después sus labios mordieron mi mejilla, ávidamente, con la voluntad apasionada de una mariposa arrojada al fuego, me quedé pasmado, con la intención dubitativa; de arrojarme a sus brazos enterneciendo sus labios, o quedarme en la estúpida soledad que me había llevado ahí… cuanta soledad había en mi mejilla, ¿Cuántos deslices habré cometido por pugnar por sus labios rozando me mejilla una vez más?

Entonces seguí su figura, atravesaba la cortina de humo, entre las armonías que parecían seducirla, y en aquella seducción, ella me hipnotizaba. Fue fugaz el despojo de sus labios, porque después vino el contacto de sus ojos, adheridos a mis párpados, exigiendo con su sutileza, que mis ojos también se adhirieran a los de ella, en ellos encontré la seducción, la atracción, la dulce compañía, y quizá, en otros términos encontré la pasión a punto de estallar.
Sobrepuesto al encantamiento de su mirada, vino a posarse en mis labios, esa dulce sonrisa, y esa boca turbada, por su propio carmín, en ellos encontré el elán vital. Ya no pude despegarme de sus labios, el magnetismo me dominó. Quedé rendido. Caí abatido por la dulzura.

Sus labios fueron dominantes permanentemente, yo excluido de todo, me limite a besarla, con esa fuente de vida que destilaba, que lograba captar en cada sorbo de sus labios, como el vino más indispensable. Así fue como llegué a sorbos de aliento, a tener la imperiosa necesidad, de estar clavado a sus labios, por esa inmensa necesidad que tenía, y que ella, había logrado saciar cuando tenía un respiro.

No supe cuando se marchó, pero en mis labios quedó el sabor de su licor, que había libado unos minutos antes, quedó flotando ese beso, al cual hubiera destrozado por retenerlo un minuto más.

No supe cuando se marchó, pero me dejó envuelto en soledad.
Con la fragancia discreta en los pliegues.
Con sus besos almacenados en mi boca.
Esa fue la única crueldad, que me dejó herido.

Comentarios

  1. Somos humanos todos llevamos heridas, todos también sin querer muchas veces las hacemos también.
    YO HE SUFRIDO TANTO DE AMOR EN MI VIDA....pero así y todo tengo siempre abierto el corazón para quien me quiera enterrar un puñal o regalar un beso y una flor...
    lo importante es amar.
    Mi abrazo para ti mi amigo tan querido.
    mar

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Buenos días, buenas tardes y buenas noches.
(Truman Show)