[réquiem]

Tiene el cabello largo y rubio; quemado por el sol, su tez pálida por el dolor y la angustia; era una máscara de tristeza que solía disimular con una felicidad fingida. Disfrazaba su aflicción con coloridos atuendos, y con su música. Su arma era una flauta pintarrajeada de diferentes matices y entonaba armonías a los Dioses Nórdicos, empalagando nuestro sentido, a las más altas loas, consiguiendo deleitar nuestro oído en la sutileza de su ardor musical.
Yo miraba por la ventana del autobús, mientras las notas danzaban en mi cabeza, como un espiral infinito de colores, de armonías desembocando en un mismo compás. Inducido al sueño de lo sublime, a los paisajes holandeses, donde los techos eran rústicos, de maderas ricas, de joyas cálidas y opacas… sus notas eran más pulcras que su estereotipado desgarbo, como un limosnero, en espera de un aplauso, o como un vagabundo a la conquista de nuevos corazones.
Era meloso a mi oído su dulce romance entre aquellos labios de su amante del viento, y sus labios amorosos de cortesano enamorado, encantando a la reina. Quizá solo entona armonías para librarse del suplicio, de una agonía inexplicable, que carga desde los primeros años, que fue transgredido, y que es la herencia a la cual debe reponerse, sólo por la armonía que lo enmudece, y libera su alma anclada a la inmortalidad. Mortalidad fingida que lo induce al desprecio.

Él es Pablo, y es un músico callejero, que aborda los transportes, para endulzarnos musicalmente. Yo creo que ese es su castigo divino. Es su herencia maldita.
…O ama la música excepcionalmente.

Prince Wrikas Cantodea ©

Comentarios