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[bella historia de una puta infeliz]

Era un fracasado, bebía botellas de licor a medio terminar, botellas vacías eran mi compañía, mi aroma era una mezcla de orina y alcohol. Mis labios eran desiertos, sedientos, quebradizos como la arena erosionada. Estaba derruido. Arruinado. A punto del abatimiento, la botella me permitía el soporte idealista de un borracho como yo, bebía, en cualquier circunstancia, en cualquier momento demoledor o apasionado, me embelesaba por hojas de papel y una pluma de tinta negra, en la cual esbozaba mis textos, hacia ella que era mi idilio, mi musa, mi pasión estilizada.

Ella era una puta, repintada de un falso carmín, su maquillaje, arraigado a una esperanza completamente desolada, y su ropa entallada, hasta la culminación del deseo nada mas simbólico y carnal, era ella, quien se prestaba a las burlas, a la constante humillación de su condición sumisa, ella que soportaba los párpados frágiles a punto del quebranto, valoraba cualquier cortesía como una pleitesía divina. Su vida era miserable, cada madrugada debía lidiar con ebrios y agentes queriendo acosarla, embelesarse de su cuerpo con elogios vulgares y brutales. Y en el silencio, sólo en la soledad de la noche, cuando las farolas se empiezan a enternecer, ella se desbarata en llanto, y toda su fortaleza se va desvaneciendo. Entonces una luz pálida y fría, anuncia el alba, señal que debe volver a su casa, que nadie se entere de su trabajo, el resto del día, finge ser secretaria. No ha tenido clientes esta noche, sólo humillación, abatimiento, soledad enloquecedora. Enciende un cigarro, y se va dejando una estela de humo... sabiendo que la siguiente noche, quizá, volverá a ser igual. 

La encontré, posteriormente, en una esquina, entre dos cruces, salí del metro candelaria, y no supe a donde me dirigía, pero la miré, su vestido perfectamente limpio, un rojo intenso, su pelo rizado y descuidado cubriendo delicadamente su cuello, algunas luces artificiales le hacían compañía; mi mirada no pudo eludir sus ojos intensos mirándome mientras ella sonreía, y yo con cierta ingenuidad, le devolví la cortesía, tuve la temeridad de acercarme, a respirar su aroma, a llenarme de vida de su aliento, a rozar indiscretamente su mano, ella no puso ninguna resistencia, no eludió ninguna caricia, ni siquiera el cortejo que en mis ojos producían una luz resistente a cualquier desgano, temor, frialdad; y tuve el descaro de preguntarle, sin dejar de contemplarla, ni desdibujar mi sonrisa, con un creciente embelesamiento, -¿Cuánto cobras?- y ella, sin ninguna ofensa, al contrario con gran pasión y emoción, alimentando su sonrisa en una pletórica alegría, respondió -$160, te trato bien.-

...y realmente no me interesaba, sólo deseaba su compañía, ambos padecíamos el mismo dolor que disfrazábamos con sexo o alcohol.

-Mi compañía es esta botella. Tu compañía de cada noche son estas luces artificiales, por la mañana, seguramente vuelves a tu casa, a encender las lámparas para protegerte. Quiero que te quedes conmigo. Tiraré esta botella. Déjame ser tu cobijo aunque sea esta noche.

No podía dejar de contemplarla, era perfecta, no me preocupaba el hecho que cada noche tuviera a un ebrio, un agente, un pendejo queriendo follarla, yo en realidad, anhelaba su compañía aún teniendo que pagar por ese placer insano.

-Soy escritor y mi placer más inmenso, después de plasmar en papel mi ingenio, es tenerte a mi lado, eres inspiración, embelesamiento, belleza intacta para un escritor.
Una sutil turbiedad anidaba en sus mejillas, di el último sorbo a la botella, y la arrojé sin mirar a donde. Ella seguía en quietud, almibarada, seducida, cruzó los brazos en tono desafiante, o por la inquietud. Siguió mirándome. Por un instante permanecimos así. Pude tomar un billete y sin mirar la denominación, se lo entregué, ella lo recibió con cierto recelo, algo de timidez.

Tomó mi mano con delicadeza, me llevó al hotel, dentro de la habitación le pedí que no era necesario que se desnudara, ella sonrió, y se arrojó a la cama. Pero dijo que quería hacerlo porque había pagado, a pesar que me vio muy ebrio.
Me volví adicto a ella, pero mientras, en su ausencia, me refugio en la soledad, me interno en la embriaguez infinita, escribo, leo, y vuelvo a metro candelaria, a buscarla, en el mismo sitio, donde aquella vez la contemplaba invadida de tristeza, acompañada por las candelas. Era mi puta predilecta, a quien le había dado la inmortalidad.

Una botella me espera.
Nunca dejaré de beber, nunca dejaré de escribir.
Ella me esperará una vez más.

-Basado en hechos reales.-

Comentarios

  1. La imagen: "su vestido perfectamente limpio, un rojo intenso, su pelo rizado y descuidado cubriendo delicadamente su cuello" me gusta mucho. Me la puedo imaginar.
    Buen texto! Abrazos!

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  2. Si lo visualizas, es que mi objetivo está cumplido...
    Gracias por leerme.

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  3. a veces un poco de amor le da mas vida a una prostituta que anios de supuestamente "hacer el amor", por ironico que sea...

    otra cosa es que a veces ellas dan sus servicios a quien ellas realmente pueden querer, y es algo que no toda mujer puede hacer, pero pueden llegar a enamorarse y les duele mas... eso forja su fuerza, y su rostro, cosa que se ve en su tan remarcada "mascara" que llevan, que las hacen tan bellas: una cara melancolica

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  4. Un sorbo de veneno otro de agua bendita...quien es uno para juzgar...cada uno se las apaña como puede ....existe el apego al dolor pero gracias a la vida también el apego a la creatividad y así te puedo seguir leyendo y seguir encontrandote GENIAL.
    Mi abrazo para ti amigo eterno.
    mar

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© Prince W. Cantodea

...y por si no te vuelvo a ver:
Buenos días, buenas tardes y buenas noches.
(Truman Show)

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