[¡soledad!]

Tenías todo, un espíritu indomable, soledad enloquecedora, y un perpetuo deseo infatigable.

Habías alcanzado a mitigar esas penas, con litros de alcohol, habías amado a esa mujer con pequeñas dosis de sinceridad; te habías encontrado en el punto culminante de tus decisiones, y entonces, habías decidido dejarlo todo, todo lo que poseías.

Llegaste, con dos maletas repletas de sueños y de ropa, tú único refugio y posesión. Destapaste tu laptop de donde la habías cubierto, era la herramienta que te llevaría a la gloria.

Una maleta de sueños, que se fueron desvaneciendo. Y un amor que se fue violentando. Ya no eras el mismo. Algo había muerto en ti, habías renacido, posterior a aquella muerte. Te arrojaste al fuego con el que calentabas tu alma, se había quemado por el odio.

Y vino la reacción calórica, una fase de oscuridad, que incendió todo... sólo quedaron cenizas, tuviste que recogerlas. Y comenzar de nuevo, mirar de frente, suspirar, y sonreír, cuando no tenías nada, sólo un vacío. Regresaste todo a la maleta, y abandonaste las ruinas.

Todo comenzó lento. Quemándose vivo. Abrasando como el fuego arde en las brasas.


Regresaste al lado de ella, glorioso, adicto, pleno de miseria y abandono. Pero estaba esperándote, arraigada a esa única locura que le daba esperanza, como a ti. Ya habías perdido la fe. Habías vuelto para permanecer con ella, con tu eterna e inspiradora soledad. ¡Oh soledad!, gritaste, y mandaste todo a la mierda.

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