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Mostrando las entradas de septiembre, 2011

[el incendio. segunda parte]

Desde que mis ojos te contemplaron por primera vez; fui muriendo lentamente por el fuego que me cegó. 


En mi interior, todo se iba incendiando, nunca me percaté que en tu mirada me había arraigado a la hoguera, a punto de la combustión. Era el fuego que me abrigaba, que me arropaba, se incendiaba y yo era el perfecto carburante que avivaba más la llama. 


Encontré ese fuego, que quise hurtar de tus labios, los cuales me colmaron de calor, de una hoguera plácida y dulce, de una abrasadora pira que me aviva. 


Porque tú eres ese fuego inmortal que me reducirá a cenizas con el simple tacto de tus labios, eres el fuego que los Dioses consideraron prohibido, y quiero pecar en ellos, eres la hoguera que me llevará a la extinción. 


Que placer fue arrojarme a la pira que tú incendiaste. 
En ella me fundí, como me delecté en tus brazos, en tu mirada, y en esos labios que iniciaron el fuego.

[el incendio]

Internarse al fuego para sentir la muerte lenta y dolorosa. Así me pasó, hui del paisaje que ardía, cuando el fuego lo consumía todo. Corrí, dolorosamente, como un loco buscando respirar, escapar del fuego, que presagiaba una muerte segura, pero, llegué a donde la combustión era más intensa, dónde apenas había humo, dejando volar las cenizas, en las que pensé, que también había muerto tu dolor. Posteriormente, vino la agonía, un preludio, y ya no resistí más. Me lancé sin ninguna lucha, sin tener presente que hui del fuego para lanzarme a las llamas de un amor vivificante, que por su intensidad parecía una estrella que quemaría mis brazos, harían brotar sangre de mis llagas, y ese mismo fuego que cerraba mis heridas, que eran marcas intachables de un viejo dolor. Tu amor era como el fuego… y mi corazón como la leña que necesitaba arder para no podrirse. Tu amor era como una intensa luz, que me cegó, nunca pude volver a mirar, sólo estaba cegado por tu intensidad, porque tus ojos…

[de como lo ordinario... se volvió extraordinario]

Así inició el día


Una portentosa lluvia, vino a caer sobre mí, apegada por un viento frío y delicado. Estaba predestinado a un sábado ordinario, al encuentro de viejas amistades que me relatarían lo indistinto, lo superfluo, lo cómico y trágico a la vez, amanecí con un dolor, un extraño sentimiento que todo lo vaciaba, inmenso ardor recorriendo el cuerpo, así, como el frío exterior queriendo socavar mi calidez. Entonces tomé el transporte, y me dirigí a la cita, a pesar de la intensidad del clima, de mi atuendo, de todo lo conmovedor del viaje, era más por el sentimiento de abandono que tenía, que por el futuro predilecto al que aspiraba; aunque en ese momento, todo fuera un idealismo aún en el promisorio encanto que descubriría. Llegó muy tarde a la cita, ya la esperaba, me saludó y se disculpó moderadamente, yo no hice ningún gesto, a pesar de que en mi interior todo se iba decayendo, se derrumbaba, se iba destruyendo lenta y profundamente. Pero no quise evidenciarlo, porque no q…

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