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[metáfora de una marioneta]

Ella sonrío, sus labios esbozaron una alegría íntima, casi predilecta, que también me causó una cierta e inhóspita tranquilidad. Su risa era calma. Era calidez. Era violencia. Era languidez. Una arrolladora beatitud de la que estaba indefenso. ¿Debía rendirme a sus labios? 
Como se rinden ante el fuego cedido por los Dioses. 
Porque esos labios, eran como el fuego. 
Regresé a mi lugar, una silla metálica, recargada a la pared era mi compañía, me mantenía tibio, plácido; saboreando mi bebida, reposando mis labios en el vidrio, y su sabor embelesaba mi boca, recorría como un soberano su reino. Bebía, mirando sus ojos circunspectos, sus labios a medio sonreír, esperando el instante de complementar esa risa.
Bebía a sorbos. Hasta que se terminó mi bebida. Decidí irme a comprar. Ella estaba ahí, mirándome, y sonriendo nuevamente. 
Su sonrisa pudo paliar mi turbación. 
¿Debía rendirme o arrojarme al fuego? 
Quería embriagarme, quizá, podría socavar esta temeridad de querer envilecer sus labios con mis besos, de querer violentar su sonrisa con una de mis caricias, o palpar su piel con mis manos que hieren. 
Embriagarme era la única opción. 
No pude negarme a sus exigencias. No quise ocultar mi sutileza de verla sonreír íntimamente. Le invité a beber conmigo. Exigía entonces, que sonriera para mí, inicialmente, fue el principio de la atracción. Estaba dispuesto a apostar por ese juego de seducción del que era experto perdedor. 
 Sus ojos, fueron el exilio, que me desterraron hasta su boca. Esa boca que sonreía para mí. La que podía socavar mi temple y dominarlo, la que pudo herirme, la que pudo hurtar el fuego y sería mi deidad, la que pudo rechazarme con sonrisas, la que podría curarme, sanarme, darme vida, la que podría hacerme adicto a sus labios y a su risa. 
Tres botellas vacías. 
Frío. 
Soledad. 
Y una honda conversación. 
Fueron los elementos que me quedaban, eran los restos, las ruinas derrumbadas. Y entonces ciñó su mano, entrelazando sus dedos junto a la mía. 
 Como si quisiera devolverme la vida, con la tibieza que habitaba en ella, y que escapaba por su risa a cada carcajada. Después, ya no hubo nada que pudiera desasirme de sus manos.
Estaba listo para ser adicto. 
Porque era tarde para negarlo. 
Que dulce era su calidez, que ternezas desahogaba con sólo palparla, que embelesamiento era sentirla, tener su piel tan continua a la mía, y sentir el palpitar. 
Eran altas horas de la noche, ya habíamos pasado a un sofá. 
Yo seguía anclado a sus ojos. 
Enclavado en sus labios a punto del mutuo respiro. 
Entrelacé mis brazos alrededor de su cuello, y reposó su cabeza sobre mi pecho. Nos invadía el sueño por oleadas. 
Hasta que nos proporcionaron donde dormir. 
La habitación estaba oscura, no supe quien más dormía ahí. Sólo supe que podría dormir a su lado esa noche. 
Una vez más entrelacé mis brazos a su alrededor. Y ella reposó nuevamente su cabeza en mi pecho, y colocó su mano ahí mismo donde había posado su cabeza. 
Sentí sus labios por primera vez, y tuve la sensación de verla sonreír. Ya era adicto. Era difícil despegarme de ellos. 
Era difícil desasirme de sus brazos, despegarme de su boca, era difícil retenerla. Sabía que habría de irse. Pero ya tenía su número de teléfono. 
Pasaban de las siete de la mañana. Y decidimos retirarnos. 
Fui con ella a despedirla, nos dimos un abrazo y un último beso, como dos desconocidos compartiendo un mismo espacio y tiempo… finalmente volvió a sonreír para mí, y todo se detuvo. 
Su sonrisa fue como la primera. 
Entonces yo también sonreí. 
Y la vi partir. 
Yo también tuve que partir, pero me llevé su sonrisa, sus besos y su calidez. 
Entré a metro tepalcates rumbo a mi departamento. 
 --- México, Distrito Federal.

Comentarios

  1. "Tres botellas vacías.
    Frío.
    Soledad.
    Y una honda conversación."

    Me ha encantado, Hermano! Las musas han vuelto!

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© Prince W. Cantodea

...y por si no te vuelvo a ver:
Buenos días, buenas tardes y buenas noches.
(Truman Show)

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