[maniquí vivant I]

Y sus tersas manos debajo de la sábana, me dieron vida instantánea. El lento desliz de su piel, me doblegaba, me hacía abyecto, poeta al fin y al cabo, con la pericia de un pintor y la elegancia de un cisne. El lienzo que abarcaba sus prendas, se fundió, quedó desnuda sólo cubierta por las sábanas de hotel, a la intemperie de la soledad. Soledad que quemaba mi amor. Como una hoguera que se prende al calor de una pira ajena. Lírica fue la cortesía que me obsequió entre mis labios. ¡Que linda era mirarla dormir tiernamente! Parecía inerte. Necesitaba darle vida y calor nuevamente. Y cuando tuviera vida y fuego; huiría de mí. Mejor morirá en mis brazos con mis abrazos, entre mis elogios, bajo este miedo de su partida. Descansa en paz, amada mía
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