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[bella II]

Dime si alguna vez habitaste en el surrealismo.
Dónde los distantes astros se acercaron a tu boca a brindarte el fuego prometido.
Y en su delectante titilar se fundieron en tus labios en comunión con el viento.
Porque me he condenado a tu quehacer cotidiano,
A tu cuita contristada y lacerada que mi alma tan colmada de la tuya devora.

¿Podrías alguna vez, digna y delicadamente, embellecer los afeites de tu amargor?
Que son para mí padecimientos en mi cuidado,
Hondas laceraciones en mi alma,
Heridas profundas por falta de estima y dulzura.
Bella, íntimamente bella, a tu piel rindo elogios en millares de arrobos.
Codicio los longevos tactos que te palparon anteriores a los míos.

Recelo cada ornamento que besa tu piel, con detenimiento y arrojo.
En la infinita vaguedad de un destierro melifluo a la intemperie de tu boca.
Generadora de luz y calor en combustión de un ardor gentil
Que es el crimen que mi boca ha cometido por esa violencia de tus besos
Por hurtar tu fuego que profesa predilección imperiosa, fuliginosa, cálida y humana.

Enseñaste a arder las teas con fulgor y arrebato,
¿He de prendarme de aquellas luces más pálidas?
Que al rapto irascible del fuego que te consume,
Y que ardoroso asalto consumaría por hurtar el fuego de tu boca.
Amada Mariel. Bella Mariel.
Del fuego renació todo lo que se abrasó alguna vez.

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