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[ese beso]

Encerré en aquellos linderos de unos ojos pletóricos de frescor, de un ánimo vivo que me colmó de vitalidad. En aquellos labios rojos, sulfuro de un carmín Bugatti, que encendió la pasión diluyendo todas las cenizas que se removieron ante el fuego que prendió los recuerdos. Delicadamente su mano hizo sonrojar mi palidez. Percibía el viento frío arrobando mi piel aunada a la suya, como en un discreto calor que mutuamente nos revestía de un suave abrigo. Débilmente me acerqué a su cuerpo, temblando, en los brazos de aquella trémula anatomía, aún, con el aliento reposando en su mejilla, arrancando besos amargos de todo su pasado, y sembrando nuevas caricias que brotarían con el tiempo.
Respiré su aroma, la fragancia dulce que me hipnotizó, y lentamente, seguí el curso de su aliento que reposaba en mis labios, su boca fue vida.
Sentí sus labios finalmente desahogarse sobre los míos, prenderse de mi boca, entre diversas ternezas y derretirse en un solo fuego.
Ese beso cautivo en mi boca, esperaba la libertad en aquellos labios que besé, que se prendieron en la combustión de un calor íntimo y puro.
Fue tu boca al besarla lo que inició el fuego.
Ese beso fue vida. Fue fuego. Fue bálsamo y veneno.

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