[mil estrellas en el infitnito]

Mi temor se hizo tangible. Cosas inimaginables, que fueron violentas, como olas que en una tempestad destierran las lágrimas a un mar en calma, y en ellas se vierte todo un dolor que contrista su esplendor; descomponiendo la calma.

No pude apaciguar la intranquila oleada que me llevó a los linderos de la húmeda arena, dónde reposaba con mi alma ataviada de deseos y sueños, sueños que complementaban los tuyos, han calmado su furor, su fuego interno que hacía arder los astros, tú que encendiste las teas infinitas en el cielo, MIL ESTRELLAS EN EL INFINITO, para que no lo olvides nunca, que fue la combustión que nos dio calor perpetuo, que tu mirada hizo contacto al primer miramiento, para sujetarme a la poesía que le rendías a cada una de las luces que contemplabas con admiración y encanto, con la fascinación con que yo te descubría en esa devoción, con la suprema dilección de tus brazos que me admitieron en tu calor, y a ese tacto me volví adicto, lírico para comprender tus miedos, tus silencios, tus fantasías, tus sueños, tus poesías que generaron requiebros, dulces requiebros de los que no pude despegarme, posteriormente, descubrí una belleza más intensa, más pulcra que la que cualquier pintor alguna vez retrató sin cegarse por la magnitud de esa belleza, eras tú, tu belleza me cegó pero tu inteligencia me dominó, como se domina un corcel de fuego en el carro de faetón, no pude controlar esa belleza que se internaba por mis párpados, sin evitar captarla con gran recelo, con una profunda pertenencia que alguna vez fuera mía.

Pero ella se fue, buscando las olas en un mar en calma, con la intranquila oleada que había venido arrastrando, por todos los miedos que me comieron, por los incontables latidos que fueron diluyendo el frío, esto que siempre había sido mi temple. Por los sobrados arrobos en mi piel que me dañaron y me dolieron, por una fuerza interna que fue divagando en otros brazos, brazos que me dañaron, que me quemaron, que sonrieron falsamente, y caí en el falso afecto.

Nunca encontré mejor predilección; y desconozco, porque se muestra esquiva, quisiera comprender mis miedos, mis errores y mis fracasos, y que fueran esquivos en mi vida, y encontrar la felicidad anhelada, que dejé fugarse, dejé escapar queriendo darle perpetuidad. Pero mañana todo renacerá de las cenizas. Hoy voy a arrojarme al fuego.

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