[m'agrada el teu somriure que diu moltes coses]

Me gusta tu sonrisa, que refleja los horizontes que he olvidado admirar. En esos párpados en los cuales me he apasionado por contemplar inmerso en un mar de azules tintes, como si hubiera naufragado. Depositando mi vaho, en los márgenes de tus labios húmedos y cálidos; para desahogar en ellos todo el aliento que tuve que contener cuando estaba exiliado.

Tu sonrisa es mi motivación, es un idealismo, es la praxis, el comedimiento de un elogio boca a boca.

Esa eternizada sonrisa, en mi miramiento mortal y perecedero. Es mas enriquecedora que todas las luces plateadas brillando conjuntamente. ¿Cómo decirte que me gusta tu sonrisa?
Sin cometer herejía, al despegar mis labios de tu boca, y que mis ojos expresen la fascinación, el embelesamiento, la admiración, la impresión plasmada en tu dulce oído, y se contemplen mutuamente en un silencio perfecto, cautivos de tu aliento, de esa adulación que te sonroja.

Apreciaré la cortesía de tu risa, cuando una mañana pueda abrasarme en el calor de tu aliento, y en él persistan mis labios, hasta la mañana siguiente que cometa el mismo desliz.

[idilio]

Te miré fijamente, mientras te acercabas a mí; te contemplaba con detenimiento aunque fingía no observarte para no hacer evidente mi idilio. Cuando posé mi mirada sobre la tuya vinieron los cálidos acogimientos de nuestros brazos y el roce apenas sutil. Resultaba tan común y cotidiano, que no atendía a la absurda exigencia de un deseo interno que ardía sin quemar, las muestras relevantes de un sincero ardor que agitaba.

Tus brazos alrededor de mi cuello, me conmovieron, tuve sólo la cortesía de emular su adulación, con mis manos estrechando fuertemente tu cuerpo, como si no quisiera perder ese elogio que pudiste sellar al contacto fugaz, que me pareció más inmortal que las lenguas romances.
Después de unos segundos que palpé tu espalda, y su calidez me hizo opacar mi fortaleza, me quedé ahí rendido, con la señal inequívoca de haber batido mi fuerza y quedar en estado vulnerable, me consideraba indefenso ante los actos pródigos de afecto desmesurado, entonces bregaba por disimular el desahogo de todas esas palpitaciones, con los sutiles roces persistentes, como batiéndose en disimulados ademanes, que tenían la vibrante intención de posarse en mi piel.

Era un deleite, el sentir su cuerpo fugaz recorrer el mío, aunque sus ojos fueran persistentes de cegarse al mirar detenidamente mi figura cobijada por la sombra de la luz que proyectaban los focos, delante de nosotros, entonces la luz nos envolvía como terciopelo almidonado.
Proseguimos, en el abrazo casi eterno. Luego de desasir nuestros brazos, nuestras manos, y de repeler nuestras mejillas. Tuve que soportar la sensación de su pérdida.

Ella sugirió ir por el otro camino, donde ya no había luces, y las armonías eran más difusas y oscuras. El ambiente también era denso, solitario y adictivo. La soledad era adictiva, aunque ante su lado, era deletérea; por eso preferí alejarme de la soledad, y arraigarme entre sus abrazos, era permanecer en el discreto calor de su hoguera, como si incendiara poco a poco. Y entonces encontré el confort. Despreciaba el confort. Aunque poco a poco me fui cobijando de su arrobo, de su encantamiento, de sentir esa emoción de cuando el pecho vuelve a palpitar, aunque la sangre deje de bullir intensamente.

Vinieron de sus labios las palabras, en diversas tonalidades, yo sugería a mi oído que fueran cautos y atentos ante sus solícitas palabras, pues mi pecho había palpitado, y un efecto menor, no podría esperar ante su vanidad. Bebimos de la misma copa, compartimos esos delirios alcohólicos, y nos preciamos del licor que nos daba vida instantánea.
Después sus labios mordieron mi mejilla, ávidamente, con la voluntad apasionada de una mariposa arrojada al fuego, me quedé pasmado, con la intención dubitativa; de arrojarme a sus brazos enterneciendo sus labios, o quedarme en la estúpida soledad que me había llevado ahí… cuanta soledad había en mi mejilla, ¿Cuántos deslices habré cometido por pugnar por sus labios rozando me mejilla una vez más?

Entonces seguí su figura, atravesaba la cortina de humo, entre las armonías que parecían seducirla, y en aquella seducción, ella me hipnotizaba. Fue fugaz el despojo de sus labios, porque después vino el contacto de sus ojos, adheridos a mis párpados, exigiendo con su sutileza, que mis ojos también se adhirieran a los de ella, en ellos encontré la seducción, la atracción, la dulce compañía, y quizá, en otros términos encontré la pasión a punto de estallar.
Sobrepuesto al encantamiento de su mirada, vino a posarse en mis labios, esa dulce sonrisa, y esa boca turbada, por su propio carmín, en ellos encontré el elán vital. Ya no pude despegarme de sus labios, el magnetismo me dominó. Quedé rendido. Caí abatido por la dulzura.

Sus labios fueron dominantes permanentemente, yo excluido de todo, me limite a besarla, con esa fuente de vida que destilaba, que lograba captar en cada sorbo de sus labios, como el vino más indispensable. Así fue como llegué a sorbos de aliento, a tener la imperiosa necesidad, de estar clavado a sus labios, por esa inmensa necesidad que tenía, y que ella, había logrado saciar cuando tenía un respiro.

No supe cuando se marchó, pero en mis labios quedó el sabor de su licor, que había libado unos minutos antes, quedó flotando ese beso, al cual hubiera destrozado por retenerlo un minuto más.

No supe cuando se marchó, pero me dejó envuelto en soledad.
Con la fragancia discreta en los pliegues.
Con sus besos almacenados en mi boca.
Esa fue la única crueldad, que me dejó herido.

[mi vida]

No se como empezar a explicar mi vida en estos momentos, porque he apreciado y despreciado de todo.
Enormes momentos de fortuna y ventura, también fugaces momentos.
Inexplicables giros de lo peor a lo mejor, y de lo mejor a lo peor.
Los mejores vicios. Los peores sanamientos.
Los mejores abrazos, y las peores ausencias, también he tenido brazos que enferman, y ausencias que curan.
¿Cómo explicar lo que es mi vida justamente en este momento?

No puedo, porque no tiene definición. Es una mezcla interminable de experimentos.
Mientras sigo arriesgándome, viviendo, idealizando, que algún día encontraré ese aspecto que ahora me falta en la vida.
Y podré explicar mi vida. Mientras, sigo siendo el escritor bohemio que te redacte versos en secreto, que imagine tu boca, y pugne por inmortalizar desde tu cabello hasta la dulce comisura de tus labios.

Este dichoso afán que tengo de escribirlo todo.

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© Prince W. Cantodea. Una Dolce Malinconia 2006-2014. Con tecnología de Blogger.
 
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