[el incendio. segunda parte]

Desde que mis ojos te contemplaron por primera vez; fui muriendo lentamente por el fuego que me cegó. 


En mi interior, todo se iba incendiando, nunca me percaté que en tu mirada me había arraigado a la hoguera, a punto de la combustión. Era el fuego que me abrigaba, que me arropaba, se incendiaba y yo era el perfecto carburante que avivaba más la llama. 


Encontré ese fuego, que quise hurtar de tus labios, los cuales me colmaron de calor, de una hoguera plácida y dulce, de una abrasadora pira que me aviva. 


Porque tú eres ese fuego inmortal que me reducirá a cenizas con el simple tacto de tus labios, eres el fuego que los Dioses consideraron prohibido, y quiero pecar en ellos, eres la hoguera que me llevará a la extinción. 


Que placer fue arrojarme a la pira que tú incendiaste. 
En ella me fundí, como me delecté en tus brazos, en tu mirada, y en esos labios que iniciaron el fuego.

[el incendio]

Internarse al fuego para sentir la muerte lenta y dolorosa. Así me pasó, hui del paisaje que ardía, cuando el fuego lo consumía todo. Corrí, dolorosamente, como un loco buscando respirar, escapar del fuego, que presagiaba una muerte segura, pero, llegué a donde la combustión era más intensa, dónde apenas había humo, dejando volar las cenizas, en las que pensé, que también había muerto tu dolor. Posteriormente, vino la agonía, un preludio, y ya no resistí más. Me lancé sin ninguna lucha, sin tener presente que hui del fuego para lanzarme a las llamas de un amor vivificante, que por su intensidad parecía una estrella que quemaría mis brazos, harían brotar sangre de mis llagas, y ese mismo fuego que cerraba mis heridas, que eran marcas intachables de un viejo dolor. Tu amor era como el fuego… y mi corazón como la leña que necesitaba arder para no podrirse. Tu amor era como una intensa luz, que me cegó, nunca pude volver a mirar, sólo estaba cegado por tu intensidad, porque tus ojos que me hicieron cautivo de una nueva fe, de una nueva esperanza que parecía vivir e internarse en mi pecho. Todo se volvió oscuridad, ya se había quemado todo, hasta yo mismo, no pude huir, solo respiraba ceniza, ese dulce aroma de lo que había sido antes, intenté incorporarme, pero me había incinerado tu amor. Un amor, que ardería en un nuevo incendio, sólo con una palabra tuya.

[de como lo ordinario... se volvió extraordinario]

Así inició el día


Una portentosa lluvia, vino a caer sobre mí, apegada por un viento frío y delicado. Estaba predestinado a un sábado ordinario, al encuentro de viejas amistades que me relatarían lo indistinto, lo superfluo, lo cómico y trágico a la vez, amanecí con un dolor, un extraño sentimiento que todo lo vaciaba, inmenso ardor recorriendo el cuerpo, así, como el frío exterior queriendo socavar mi calidez. Entonces tomé el transporte, y me dirigí a la cita, a pesar de la intensidad del clima, de mi atuendo, de todo lo conmovedor del viaje, era más por el sentimiento de abandono que tenía, que por el futuro predilecto al que aspiraba; aunque en ese momento, todo fuera un idealismo aún en el promisorio encanto que descubriría. Llegó muy tarde a la cita, ya la esperaba, me saludó y se disculpó moderadamente, yo no hice ningún gesto, a pesar de que en mi interior todo se iba decayendo, se derrumbaba, se iba destruyendo lenta y profundamente. Pero no quise evidenciarlo, porque no quería marcharme, necesitaba domeñar mi soledad, apaciguar mis impulsos, tenerla cerca, y deleitar mi oído con su fabuloso discurso. Vino la dispersión después, no pude evitar beber, y enmudecerme antes los desconocidos, pero al alcohol me daba la alegría falsa, no necesitaba más falsedades, pero tampoco lo negaba… 
*** 
Hui, precipitadamente, rumbo a metro San Cosme, después del desencanto de haberme embelesado de esa mujer, ardiendo mis pupilas mientras bailaba al ritmo de la música trance, mientras me embebía imaginariamente en sus labios, y me cautivaba con la alegría de su risa, me encanté al verla bailar, me imaginaba rozando su mejilla, tocar sus labios indomables, y hacerlos presa de mi jauría animal… mientras en mi mente se posaban esas ideas orgásmicas, ella se besaba apasionadamente, con una de mis amigas. 
*** 
Finalmente llegué a metros San Cosme, no había nadie; después llegaron algunos conocidos, me percaté que no sería el único… iniciamos la larga travesía rumbo a lo que tanto habíamos planeado, los momentos, cuyo trayecto era desconocido para mí, fue lo que empezó a ser extraordinario, entonces, llegamos al número 174 de Sor Juana, apenas se dilucidaba un ambiente agradable, liviano, con toda la alegría y fascinación nunca antes experimentada, entonces me sentí reconfortado, con varios litros de alcohol en mi sangre, vino el posterior halago, el encanto. La contemplé y fui primero a saludarla, tenía mis ojos enclavados en los suyos, casi fijos como si su magnetismo me hubiera llevado a ella instantáneamente, su aroma, sus labios sonrojados, ebrios de alegría, su promesa se hizo tangible, y yo aún incrédulo, advertí su presencia tan real, como fatigosa en ingenio, como el cálamo escribiendo precipitadamente todos los versos recurribles para halagarla, inventando forzosas evocaciones ante ella, que le hicieran padecer un confort tan humano y plácido. ¿Por qué no podía dejar de mirarla? Era muy placentero anclarme a su mirada. Tenerme cautivo a su voz. Sentado a su costado, sin que ella tuviera inconveniente, entonces, fui su perdiguero, su eterna compañía casi inadvertida para ella, mientras ella para mí, era como la musa inspiradora que anhelaba y buscaba. Se internó en mi memoria la lluvia plácida cayendo en enormes gotas, se posó todo encanto a su delirio, ante sus pies, quería ser el siervo que buscará todo encanto para satisfacerla, para que su alegría se perpetuara, por ella, yo estaba dispuesto a clavarme esas espinas, y laurearla de flores. Sólo pude ofrecerle un cigarro, que pedía, ¿cómo negarle algo tan simple que la haría tan feliz? –Gracias- dijo, y yo sonreí, aunque mi sonrisa era opacada por la de ella. 
Ya muy entrada la noche, ella decidió marcharse, no sin antes haberme pedido que la acompañara, y me tomó del brazo como quien quiere fundirse en la piel, como si quisiera que fuertemente estrechara su brazo, pero no era real, era una falsedad quizá, no encontraba otro motivo, quizá la lluvia fue lo que produjo ese encanto, de no haber visto nunca la lluvia, ¿se habría roto el encanto? Ahora no se que prosiga después de esa seducción sutil y cortés, de haberme encantado, de haberme fascinado como ninguna otra, ni siquiera ese amor platónico que parecía firme, se va quebrando cuando la escucho respirar, cuando late acompasada, cuando se delecta en un discurso, cuando bebe, cuando se alegra y su alegría me inunda, cuando me espanta su ausencia, y el hecho de no volver a coincidir con ella, y negarme a respirar su aliento a percibir su fragancia arrulladora, violenta, hipnótica y cálida. Será ella mi musa definitiva, será la mujer que he buscado, un cúmulo de diversas virtudes que me inspiran, que me llenan perfectamente, como nadie había podido hacerlo, ¿es normal sentir tanta fascinación por alguien? Una admiración profunda y persistente.

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© Prince W. Cantodea. Una Dolce Malinconia 2006-2014. Con tecnología de Blogger.
 
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