[bella I]

No sé cómo te conocí, pero te advertí, con la primaria imagen de tus ojos parpadeando como centellean las lumbreras del callejón, no supe como llegaste a culminar en un amor perfecto, definitivo, divino, después de haber caído en la profanación, todo un idealismo poético que clamaba por un simple contacto.

Creo que le decían bella. Porque es la mejor atribución que puedo darle, yo que había desfallecido en esos brazos que me dañaron, que me aferré a esos labios primitivos que sólo me hicieron heridas, que respiraba de su vaho veneno puro destilado de su boca, quien sólo me dio penurias simulando plétoras, y falsamente me rendí ante la soltura de un envenenamiento, instigador narcótico que culminó en un una promisión futura de vida. ¿Qué había sido de aquél efecto de sus labios? ¿Qué fue de aquella devoción por sus abrazos? ¿Qué fue lo que hizo con mi latido? Con el último estrago que no tuvo encomio, sólo fueron venenosas melazas que me endulzaron el acíbar que me delectaba. ¿Cómo fue que me rendí ante su mirada? Si en sus ojos sólo se anidó el fracaso. Ay, mísero de mí. Que desperdigué dilección en dosis que me agotaron, fatigaron el ingenio de mi aliento, cambiaron los colores de mi cimera, y estas alas que me elevaron a la cúspide donde sólo pude aspirar a su amor fugitivo, para posteriormente, dejarme indefenso sin oportunidad de limpiar mi herida por sucumbir ante ella, por haber sido su víctima predilecta ante su desgarradora terneza.

Luego, llegó ella, tan bella cuando la contemplé, tan compleja que me motivaba a descubrir el misterio que ocultaba con su risa discreta y sus labios cobrizos colmados de atardeceres. Me anclé a sus ojos con sutil afección, me apegué a su boca que me dio vida, sanando las heridas que habían sido desgarradoras, y ceñí mi mano sobre su mano percibiendo el calor de su piel, respirando el aroma de la vida, la sed de amarla sempiternamente. ¿Qué había en su piel para hacerme adicto? ¿Qué me dieron sus labios que me embelesaron? ¿A dónde fueron aquellas ruinas que reconstruyeron mi deterioro? Fueron sus abrazos constructores de una nueva vida, fueron sus labios que me dieron respiración, vaho dulce, que se convirtió en veneno para mí. Recibí su risa, como un consuelo a todas las tristezas. ¿Cuándo me volví crédulo ante el amor? ¿Qué había debajo de esa piel que sólo atesoraba virtudes? ¿Qué fue de aquella pugna por la sujeción mutua entre nuestros labios? ¿A dónde iría por ese palpitar? Por ella, lidiaría contra los naufragios, incendiaría los navíos que impulsaran su rapto. ¿Fue una belleza como la que ella posee aquella que hizo arder a Troya? Porque fueron sus ojos lo que iniciaron la combustión, pero sus labios, al momento de besarla, extendieron el incendio que se volvió inagotable. Y siempre que nuestras miradas convergen cada noche se aviva la llama.

Definía la perfección sobreponiendo mis labios en su aliento, por primera vez.
Luego advertí que, a quien yo llamaba bella, su nombre era Mariel, pero para mí, seguiría siendo la misma a quien no advertí a primera vista, a quien yo llamaba BELLA y siempre será BELLA.

[mi sendero del perdedor]

Yo soy el perdedor que nadie sigue, aquel que no perdura, que se limita, soy un guía que te conduce al suicidio, poco a poco, lentamente. Yo soy un líder indeciso, innato, aquel idealista alcoholizado que se asesina y te miente. Alguna vez me dijiste, que querías seguirme siempre detrás de mí para apegarte a mis éxitos y fracasos, que querías intentar la unidad, vincular tu vida ostentosa y orgullosa, junto a la mía frágil y miserable, me pediste que dejara de beber cuestionando mi motivo primario, indagando con cuestionamientos muy prolijos a los que yo detentaba con cierto desdén, me pediste sólo un abrazo antes de marcharte radiante por tu intento de soborno con la más vacía pretensión, ibas alegre, con una sonrisa avasalladora, de la que no quise formar parte, me rogaste leer mi novela, aún inacabada, aún con mi disgusto por pedírmelo y reconociendo mi hermetismo sobre todo en mis procesos creativos, me invitaste sin recato a beber un café cuando yo moría por cualquier licor y dormir ebrio en la banqueta. Mientras te acompañaba, dije sin mirarte: No se guiarte, si me sigues sólo te acompañará mi sombra, no puedo ordenar mi vida solitaria, fría y estéril, que ni con tus alabanzas, tus intentos de caricias harían reavivar mi vida fallecida, eres como la hoguera que arde a mitad de un desierto, eres como beber agua de mar sin tener sed, y yo soy el mar que sólo te quitaría el aliento, como la tierra santa que te profana. ¿Cómo podrías leer mi novela si me limitas, me prohíbes, me transgredes, me confrontas, me anulas mis vicios que me producen fascinación y vida? Y yo no cambiaría para ti ni por ti, seguiré siendo un escritor bohemio, alcohólico, sarcástico y cínico... La gente no cambia por una petición, ni por voluntad, ni por amor, es la naturaleza humana vil y despreciable, eso debo ser para ti. ...ya estaba a punto de internarse al metro, cuando la escuché sollozar, para desgarrarle el último trozo de corazón aún latente, palpitante con la fuerza que le permitía huir, le grité: -Escucha una canción que se llama "Aléjate de mí." Perdió todas sus fuerzas... había caído en el desencanto, la había matado. Me fui en dirección contraria, a seguir bebiendo.

[maniquí vivant I]

Y sus tersas manos debajo de la sábana, me dieron vida instantánea. El lento desliz de su piel, me doblegaba, me hacía abyecto, poeta al fin y al cabo, con la pericia de un pintor y la elegancia de un cisne. El lienzo que abarcaba sus prendas, se fundió, quedó desnuda sólo cubierta por las sábanas de hotel, a la intemperie de la soledad. Soledad que quemaba mi amor. Como una hoguera que se prende al calor de una pira ajena. Lírica fue la cortesía que me obsequió entre mis labios. ¡Que linda era mirarla dormir tiernamente! Parecía inerte. Necesitaba darle vida y calor nuevamente. Y cuando tuviera vida y fuego; huiría de mí. Mejor morirá en mis brazos con mis abrazos, entre mis elogios, bajo este miedo de su partida. Descansa en paz, amada mía
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