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Mostrando las entradas de noviembre, 2011

[bella I]

No sé cómo te conocí, pero te advertí, con la primaria imagen de tus ojos parpadeando como centellean las lumbreras del callejón, no supe como llegaste a culminar en un amor perfecto, definitivo, divino, después de haber caído en la profanación, todo un idealismo poético que clamaba por un simple contacto. Creo que le decían bella. Porque es la mejor atribución que puedo darle, yo que había desfallecido en esos brazos que me dañaron, que me aferré a esos labios primitivos que sólo me hicieron heridas, que respiraba de su vaho veneno puro destilado de su boca, quien sólo me dio penurias simulando plétoras, y falsamente me rendí ante la soltura de un envenenamiento, instigador narcótico que culminó en un una promisión futura de vida. ¿Qué había sido de aquél efecto de sus labios? ¿Qué fue de aquella devoción por sus abrazos? ¿Qué fue lo que hizo con mi latido? Con el último estrago que no tuvo encomio, sólo fueron venenosas melazas que me endulzaron el acíbar que me delectaba. ¿Cómo f…

[mi sendero del perdedor]

Yo soy el perdedor que nadie sigue, aquel que no perdura, que se limita, soy un guía que te conduce al suicidio, poco a poco, lentamente. Yo soy un líder indeciso, innato, aquel idealista alcoholizado que se asesina y te miente. Alguna vez me dijiste, que querías seguirme siempre detrás de mí para apegarte a mis éxitos y fracasos, que querías intentar la unidad, vincular tu vida ostentosa y orgullosa, junto a la mía frágil y miserable, me pediste que dejara de beber cuestionando mi motivo primario, indagando con cuestionamientos muy prolijos a los que yo detentaba con cierto desdén, me pediste sólo un abrazo antes de marcharte radiante por tu intento de soborno con la más vacía pretensión, ibas alegre, con una sonrisa avasalladora, de la que no quise formar parte, me rogaste leer mi novela, aún inacabada, aún con mi disgusto por pedírmelo y reconociendo mi hermetismo sobre todo en mis procesos creativos, me invitaste sin recato a beber un café cuando yo moría por cualquier licor y …

[maniquí vivant I]

Y sus tersas manos debajo de la sábana, me dieron vida instantánea. El lento desliz de su piel, me doblegaba, me hacía abyecto, poeta al fin y al cabo, con la pericia de un pintor y la elegancia de un cisne. El lienzo que abarcaba sus prendas, se fundió, quedó desnuda sólo cubierta por las sábanas de hotel, a la intemperie de la soledad. Soledad que quemaba mi amor. Como una hoguera que se prende al calor de una pira ajena. Lírica fue la cortesía que me obsequió entre mis labios. ¡Que linda era mirarla dormir tiernamente! Parecía inerte. Necesitaba darle vida y calor nuevamente. Y cuando tuviera vida y fuego; huiría de mí. Mejor morirá en mis brazos con mis abrazos, entre mis elogios, bajo este miedo de su partida. Descansa en paz, amada mía.

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