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[opera prima]

Prendaste el fuego como bezote, y del fuego hiciste florecer el más cálido afecto, que cobija sin dañar, que calienta sin quemar, el dulce fuego de la vida que se prendó en tu boca…

En tus labios, como una nota musical, se diluyó esta compunción al margen de tu completa armonía que era dulce y alegre a la vez. Cómo gracia paradisiaca es para mí tu risa, como aire en el parnaso es tu terneza tibia y blanda. Eres la primitiva dulzura, embriagadora melaza que viró la aspereza en ternura, trocó el desaliento en impulso inspirador, en alentador consuelo, y, permutó el fuego abrasador en cálido fulgor, en astros centelleantes, cargados de fuerza, que con sutil requiebro de tus labios fui cautivo, y en esa sujeción fui insumiso a tus labios, a tus oídos, a tu lengua; para hacer de mi ofensa una obra de arte.

Oh majestuosa criatura, finalmente te he encontrado, ¡Qué fue de la belleza que se formó de tu inspiración!
Oh majestuosa criatura, me has dejado exánime, ante el calor que tu amor desprende, en mi piel, en mi boca que apenas es digna de pronunciar tu nombre.

Oh majestuosa criatura, creaste la opera prima con tu tacto, y la hiciste inmortal con tu voz. Este es mi humilde homenaje a tu inspiración, breve, fugaz y repentina.


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