[cuando muere la sangre]

A veces piensas en lo que has crecido a lo largo del camino, todas las experiencias que te sumieron en el fracaso o que te llevaron a la cima, esos detalles de la vida que te hicieron llorar y vibrar de alegría, hasta cuando la sangre no pudo más, y pensabas en el retiro por haber vivido.

Cuando la sangre decaía en el asfalto cansada de esperar, sacrificándose por un amor, atormentándose por un dolor. Vuelves a recuperar sus cenizas, de esa absurda manera de resarcir el tormento, quemándose por dentro con un fuego interno que todo lo abrasa desde la profundidad de la llama.

A veces piensas que has caminado demasiado, y sigues en el mismo lugar girando eternamente. Muchas veces piensas en haber pedido perdón, cuando has fallado y fallado, pero llega un momento que el perdón ya no es suficiente para remediar nada, nunca el daño podrá repararse, nunca podrás ser perdonado, ni por cada gota de sangre que derrames.

A veces piensas que lo has dado todo, cuando ni siquiera te has sacrificado por alguien. Cuantas veces piensas que ha valido el esfuerzo, y no te ha servido de nada. Piensas que has ganado, cuando has perdido todo, pero tu orgullo te impide aceptar la derrota anticipada. Piensas que tu sangre nunca se sacrificará por un amor, y te ves muriendo por la sangre herida y envenenada.

¿Qué fue de ti? Del niño que alguna vez alcanzó el cielo con sus dedos. Eres el mortal más despreciable cansado de saborear la arena con tus labios adheridos al pavimento.

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