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[nocturnal de agosto]

¿Agosto? Que fue de aquel agosto que yo predecía, que emanaba de un armónico sonido lleno de atardeceres recostado en el sofá, de las luces tenues artificiales bañando mi rostro de luz.

Agosto de dunas de sal y mares de miel. Que fue de ese agosto de soledad infantil, de desapego emocional, agosto como cada año en que acompañado por el videojuego, y las dulces voces de mi cabeza que se multiplicaban para sentirme animado, acompañado, por los mecánicos ademanes de un andar predecible. Tardes de agosto. De esos crepúsculos de cobre anaranjado; de los lindos sueños infantiles que se disgregaron en el monitor de la computadora, en el monitor de un viejo televisor dónde habitaban mis deseos, toda mi vida presente; ahí mismo en el preciso instante de mi autoestima insignificante, y en la presencia de mi soledad que siempre me llevó a insondables grados de perversión y motivación; de admiración y locura.

Agosto de calma violenta y violencia dulce. Que fue de ese agosto de redención y turbia tristeza, de todos los días de agosto que me fueron primarios, en los que me regodeaba de la dulzura televisiva, de la maravillosa inocencia que cultivaba sin discreción, que habrá sido de toda la festiva ingenuidad, de toda la soledad imbuida en el rincón de la habitación, esa misma habitación que me contempló cuando dejé agosto en la predilección de aquellos años de infancia que siempre recuerdo con alegría.

Agosto, ¿Qué te has llevado de mí?

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