[asesino]

(Escrito originalmente el 25 de noviembre de 2011)

Duerme plácidamente, su mano debajo de la almohada parece acariciar el terciopelo de la tela, de una manera sugerente, casi fetichista, con dulces caricias, frías y cálidas, vivificadoras y desfavorables; venenosas y puras, que reposan al lado de su cuerpo que se envuelve en elogios, se cubre de halagos de algodón y lino.

Su rostro pegado a los pliegues de la sábana le hacían sonreír, como un roce lento en sus fugaces ademanes. Las cuatro candelas habían dejado de brillar, para dar paso a la aurora, ahí estaba él, tendido, en completa quietud, acariciando las sábanas, abrigado por una cobija vieja, y sobre un colchón destruido.

Derrumbado con la esperanza desusada, sólo tenía al sol, y una luna que menguaba. Con la dicha de sus viejos calcetines. Se levantó para ir a entregar el dinero. Unos cinco mil pesos en efectivo. Fue al parque donde acordaron mirarse, sin testigos, sólo ellos dos. Al verse ambos temblaron. Le dio el dinero, y le mostró el rostro del hombre que odiaba, le pidió que lo matara, pero que le infringiera todo el dolor que puede sufrir un hombre, como si todos los dolores más sádicos hubieran cruzado por su mente, el asesino sonrió al recibir la fotografía, la dirección, el dinero y las llaves. Así se marcharon, sin presentir que el corazón había muerto antes de matar.

Duerme plácidamente, así como rozaba la almohada, ahora roza los pliegues, se cubre de calor, su sangre bulle, de furia, de ardor, de calidez... se desata una furiosa oleada de odio y perversión, de sadismo puro y descarado. Había dicho que lo iba a matar, porque ya no podía enfermarse mas de asco, de dolor, de profunda ebriedad de su aroma, casi lo podía respirar. Había entrado a su habitación con temeroso sigilo, arruinando la felicidad, profundamente, irreparablemente, miro la foto unos instantes, para cerciorarse que era su rostro, que era a quien debía asesinar, se cubrió del odio imaginario de su clienta, a punto de desbordarse en cólera, sacó silenciosamente de su maleta un martillo, lo apretó fuertemente entre sus manos, y buscó la habitación del fondo donde yacía plácidamente su víctima durmiendo.


Se preguntaba, ¿Cuál habrá sido el mal que debe de pagar ese hombre, para merecer la muerte? pero no quería involucrarse en las mismas emociones de su clienta, o de su víctima. Lo miró dormir, tendido sobre su cama, levantó entre sus manos el martillo en dirección a su cabeza que reposaba sobre una almohada acolchonada y suave; una tenue luz que proyectaba la luna dentro de la habitación fue el único testigo cuando clavó el martillo en la cabeza de su victima, un silencio total posterior y doce martillazos continuos, le dieron muerte a ese hombre. Sangre salpicada y su rostro desfigurado le habían hecho cumplir su misión, la de matar a un desconocido. Finalmente había pagado el mal. El asesino encendió un cigarrillo mientras entre la penumbra contemplaba débilmente el cuerpo inerte de su víctima. 

Decidió exiliarse en algún lugar donde la muerte no lo encontrara.

Comentarios

  1. Me parece fabulosa tu historia-post....pero yo prefiero pegarme martillasos en mi corazón para olvidar un mal amor.............
    Mi abrazo para ti.
    mar

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