[la musa que solía escribir]

by - sábado, noviembre 10, 2012

I.
Había un pedazo de cielo en nuestras manos, teníamos que pintarlo de los colores del melocotón, teníamos que saborearlo con dignidad y sin reparo; como quien acaricia con las manos por primera vez. Y esconde el vacío de los labios escasos.

II.
La conocí por casualidad, buscando una historia de amor entre hojas amarillas de un periódico, buscaba rompimientos, decepciones, locuras por amor que me llevaran a un lugar lejos de mi rutina, donde los amantes más tímido se arriesgaran por un corazón o por un amor. Hasta las historias más absurdas de amor, las más claras y repentinas, pudieran darme esa ilusión, lo que andaba buscando, me enclavé entre la monotonía, creyendo encontrar la felicidad repetitiva, pero era miserable por repetidos momentos.

III.
¿Qué fue lo que me inspiró? Quizá fue su piel con aroma a tinta y pergamino, fue esa mirada que brilló en el horizonte alejado del mar, en la ficción de mi mejor realidad, fue la musa más creativa, aquella que no sólo inspiraba si no que era capaz de inspirarse, ¿Quizá se inspiraba en ella misma? ¿Cuál era su motivación personal? Yo tenía sus letras, su premio planeta de 2006, tenía su vida en mis manos, ¿Quien era esa inspiración? ¿Cuál era su nombre? ¿De dónde había surgido? Tanta belleza expresada en una líneas, tanta narrativa por encima de la realidad, tanta vida en lo más inerte.

IV.
Su nombre es María Laura Espido Freire. Ella es escritora. Es también una musa.

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