[naturaleza muerta]

by - lunes, diciembre 31, 2012

Estoy ante el fuego de frente al calor, donde la vida se ha ido, abrumada, entre el frescor impropio del invierno repetido cada año.

Todo se quema en el invierno, en las estaciones finalmente, se desvelan las ruinas, de un exilio anticipado. Cuando concluye el estío el hedor persiste, de aquellas muertes lentas y prematuras, que se sofocan al calor.

Y en el otoño la caída de las cosas insignificantes es inaplazable, la lánguida vida se fuga entre las violetas marchitas, a través de los sueños transgredidos por la afición. Y en la primavera todo se regenera, se funde en un nuevo capullo dejando inservibles los elogios, las promisiones, el alma que permuta en carne, en la sangre que ha cambiado, como transmuta la aurora en un ocaso prematuro, y se pierde en la redes doradas del astro, allá en la intemperie que sirvió de olimpo para los Dioses, allá en la pletórica rehechura de los campos en el basto plumón del cisne digno de tal elogio.

Aquí siempre termina la vida. En la remembranza de tus días pasados, en el ocaso de tu vida, como te sientes viejo, recordando aquellos años soleados. Y aquel verdor a tus pies como alfombra, y el corazón humilde se ciega, baja la mirada intranquila, celosa, deseosa de volver, de aferrarse a los malos hábitos. ¿Qué han sido de los elogios? ¿Qué han sido de las flores? ¿Qué ha sido de la vida que se quedó prendada de un mismo corazón compartido? Ya no te resta nada de aquello, has fracasado.

Todo tiempo se acaba…

Toda vida concluye…

Toda naturaleza también muere a pesar de la belleza…

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