[próxima estación]

Te despediré como se va el alba detrás de las montañas, con un cálido adiós con promesa de volver, como un final romántico después de una tragedia, te diré adiós en la estación, y esperaré hasta ver capullos brotar, que las flamígeras aves deliren hasta la muerte, en un paludismo apasionante.

Poco a poco veré como se caen las hojas, como se oxidan en el ramaje, en otrora lleno de vitalidad. Cuando al deambular por las avenidas aún queden restos de ti, colgantes, en diversos colores, asfixiados por la nueva atmósfera de estío y hastío.

Te dejaré huir, para recibir la próxima estación, acompañada de una calidez sobrecogedora, ahora que te marchas, dime, ¿A dónde has llevado el viento? ¿A dónde van las nubes? ¿Y aquella cellisca que me embriagaba? Ha sido el vaho, el último vaho de invierno.
De lo que alguna vez fue el mes de marzo.

[rara avis]

Donde sopla el viento, en la elegancia de los aleteos, de los tapices florales; donde se reduce la luminiscencia, en ese aliento donde Ícaro falleció fulminado, se extiende el éter divino.

En ese oleaje de tintas y delectantes placeres, de ondulantes ramajes pletóricos de tanto vicio confuso, sonando como en aquellas armonías primitivas, cuando el sol y la luna armonizaban la noche de tertulia en la Habana, y se impulsaban a navegar con gritos de guerra.

Allá en el horizonte donde florece la calma, la perpetua soledad tachonada de astros, directamente, donde se funde el fuego, en el lugar donde se sacrificó la sangre que era más preciada que los cristales de su mirada, ahí, en el reducto más infeliz de la atmósfera; dónde el frío es más frío, y la oscuridad es más oscura, en el delicado soplo de una lágrima cada mañana, antecediendo a una sonrisa.

En ese palpitar de constante hastío, de cada gota que se diluyó en tu palma mientras esperabas un caudal de mar, lloviendo sobre tu sombrilla, con ganas de no mojarte, aún, cuando morías de sed. Cuando el flujo de todo lo que se movía, se detuvo un instante, cuando todo dejó de ser lo que era, todas las metáforas cayeron en la decadencia, del plácido sol de Valencia a un carruaje detrás del Oriente en la Toscana, de una arena cobriza mudando en el hormigón, como esas flores que decrecen en capullos, y un soplo de brisa las destierra de su belleza, tan sólo en un instante.

¿Has sentido la luna menguar, cuando es de día?
¿Has visto el sol palidecer durante el alba?
¿Has querido fugarte justo cuando decae la belleza del mundo?
¿Has querido florear el aire y el mar, sin alas y sin piernas; para descubrir a dónde huyó la belleza que había en su mirada y sus labios?
Has querido descifrar las metáforas… cuando ella huyó, llevándose la poesía.

[esto era la soledad]

...y así como admiramos la grandeza de las sonrisas ajenas en el tránsito cotidiano, como caemos de la cornisa ante los placeres, de las lágrimas derramadas y suplicantes que nos hacen piadosos, así como desmerecemos virtudes que no valoramos ante la indulgencia, por las falsedades que nos envuelven en un interminable círculo, cuando al caminar nos acechan las miradas nocturnas que desnudan la tristeza, cuando en el mismo transitar descubrimos párpados que revisten una pena, y que en ese ardoroso pecado nos inducen a admirar, por mínimo que sea, el deleite de la risa motivada por su tragedia; cuando al final del alba, en el recorrido que dejamos, nos descubrimos solos entre la multitud, así, como los amorosos de Sabines, están solos, y se van llorando, llorando la hermosa vida...

[...por vos muero I...]

El oleaje de un terciopelo encubierto por unas sábanas tibias que contenían tu calor, el aliento intenso, dándome un respiro a cada soplo, como luz matinal cada amanecer. Y tus brazos, blandos y cálidos en la sujeción de mis abrazos.

Esas caricias de tus manos, en comunión con el roce de tus labios que me colmaron de vida divina, de atávicos arreos destilando finura, con los que un beso te embiste y te engalana de tanta hermosura. Esa mirada provocadora de haberme embriagado con el fino contacto que tus ojos me dieron, que tu boca seductora fue la miel derramada que se destiló en el alivio predilecto de tus besos.

Fueron esas dunas que se extendieron en forma de bruma, era nuestro aliento en la brisa matutina, fue un aterciopelado encuentro entre su boca y mi boca retozando plácidamente, era el viento fino atravesando sus labios. Como dos flamígeras lunas que mutuamente quieren opacarse, encenderse y desnudarse en la lontananza.

… y todas esas risas que florecían en tu boca, fueron el dulzor que me hizo adicto, y esas ricas alboradas prendadas en tus párpados, me dieron el alba cada amanecer, así fue como inició el fuego, todo se fulminó con tu mirada…

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© Prince W. Cantodea. Una Dolce Malinconia 2006-2014. Con tecnología de Blogger.
 
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