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Mostrando las entradas de abril, 2012

[el síndrome de no ser nadie]

Todos me excluían, y me herían era el dardo de la burla, de la cruel ironía que yo no comprendía, a pesar de ser certero y casi mortal.
Era casi un payaso, fracasando en la empatía de las relaciones interpersonales, era el idealista con el síndrome de la derrota.
Al puro contacto, no era agradable, ni visto, ni temido, era parte de la muestra indiferente de la sociedad, a quien miran con extrañeza personas como yo, con la grandeza de la timidez.
No era el apasionado de las afecciones, de los malestares o dolores, ni aquel que con la tibieza de un abrazo o mirada sofocara el fuego de un interior recién quemado.
Nunca fui bálsamo, ni remedio, poco servía de consuelo ante el dolor o la pérdida, ante el delirio de una fiebre pasional, de un delirante botulismo.
Tampoco podía ofrecer aliento ante el desaliento, porque era incapaz de identificar esa emoción, en algún momento encontraría resquicios de esa vacuidad, o admitiría la complejidad de lo que rebosa; pero en ninguna circunstan…

[aquello que se quedó entre líneas]

Todas tus mentiras me sabían a verdades.
Sabía que tu boca pintada de cobrizo tenía vertidas tantas falacias
Que tus besos eran hiel destilada que envenenaba. Todos tus elogios eran artificios formulados por un poeta en un lienzo exacto
En un libro de hojas de otoño.
Y todas las mentiras las creí, pensé que eran verdades
A veces aparentaban realidad, eran dulces cortesías
Cortejos débiles que se abatían ante mis pies. Tu lengua también mentía.
Nunca pude besar con tanto idealismo crédulo
Y recibir sólo dolor, miseria y un cariño artificial. Todas eran puras mentiras, que siempre sabían a verdades.
En su boca alguna vez nacieron besos, yo sólo recibí ruinas,
De lo que alguien alguna vez destruyó sin recelo.

[basado en hechos reales II]

Ignoro cual fue su nombre anteriormente, que ropa vestía, como lucía; ahora simplemente, todos le llamaban “LOCA”, como en la antigua canción de los ochentas, veo su cabello quemado por el estío, su ropa rasgada por la sal de su mirada, como si el salitre hubiera comido su carne, como si en parte hubiera corrompido su infantil terno, y por otra parte hubiera infringido sus dolores y heridas. Cada tarde, mientras el sol provoca heridas, calor, pero un ardor casi deletéreo, se abalanza a los vehículos de una transitada avenida, con las arrugas revestidas de una profunda pena, ocultas entre unos ojos donde aún resta alegría, pero parece huir, como se va el sol cada atardecer. Su palpitar era más lento, como un compás de una triste sonata, extiende sus dedos secos y marchitos, para recibir una moneda, que le servirá para comprarse comida o un inhalante…
…en algún otro tiempo dicen, los que vieron a esa misma mujer en la cumbre de todas las admiraciones; alguna vez su ropa destilaba garbo …

[el laberinto de creta]

¿A dónde fuiste vida mía?
Que no te volví a ver, cuando se desgarró la misma herida que intentaba curar, siempre me han aquejado las mismas heridas. Vida. Esas que fueron alas en algún tiempo, sólo me fueron gratas por un fugaz capricho, que terminó fulminado en la arena, entre sangre y cera, lentamente, recogí los pedazos, eran trozos de todos los años que construí mis alas, ruinas de libertad que se habían quemado, amor del bueno, y tus labios palpitantes resonaban como aleteos de un ave cautiva que pretende aferrarse. En otrora un tiempo de lluvia, calmó, el estío cálido y desértico, para convertirlo en una húmeda costa entre mar y arena. Entre mi fuerza y mi esperanza, algo habría de ocupar, no era río, no era mar, no era sueño, ni siquiera pude captar tus ojos de cielo. Ojos que se fueron apagando. Alguna vez pude volar, y me quedé anclado a la arena, ¿Para qué quiero alas? ¿Para qué quiero olas? Al final no sé a donde voy a caer. Al final del día voy a morir, el sol me quemar…