[el síndrome de alicia]

Siempre quisiste destruir los mejores sueños que tuve, los imposibles que convertiste en mortal ironía, los posibles que hiciste que parecían lejanos e imposibles, aunque escribiéndote me siento, como Kafka cuando le escribía a su Padre.

Siempre elogiaste y admiraste mi disciplina, mi disposición y habilidad para encontrar en las letras la apreciación del arte más pura y creativa, que en otras cosas había fallado por mucho que lo intentara, como en mi inhabilidad para practicar deportes, o encontrarme en el ámbito social, porque también destruiste lo único por lo cual era hábil y más que una simple afición, era para mí y siempre ha sido la pasión más grande de mi vida; y que siempre menospreciaste, por alguna razón intrascendente.

Recuerdo aquellas veces que exaltabas mi ánimo, y querías abatirlo por mi desinterés para usar esa creatividad que reprimías en los quehaceres de la casa, como si fuera un pecado mortal, que me desinteresara por lo que entonces a ti te apasionaba que era el perfecto orden y la pulcritud. No había nada que no fuera una idea descabellada, si no tenía como origen aquella anticipada fórmula familiar del ejercicio diario y cotidiano, tal como tu lo hacías, otra fórmula que fuera ajena para ti, querías desprestigiarla para destruir cada uno de mis sueños hasta que me decidiera por el camino sencillo, de ser cualquiera, menos artista.

Así como en la pintura también destacaba y eras la primera en elogiarme, de esa misma forma era la primera en censurarme, la creatividad que estaba por encima de tu interés y comprensión era una inutilidad mal encaminada. De la que quisiste alejarme infundiendo temor y odio a la profesión, como si fuera mendigar. Diciendo que el camino por el cual me conducía, me dejaría en la miseria y enfermo.

Todas las aspiraciones que tenía, debías infundirle miedo, temor, siempre un dejo de maldad, y hasta odio. Por eso posteriormente, dejé de pretender infundarme una opinión basada en tu rencor o tu enemistad por mis proyectos, me desapegué emocionalmente y también me despegué de ti amorosamente, porque en ti cada vez veía menos de mí, ya no me identificaba, porque encontré un sentimiento más afín en las letras. Letras que nunca me diste con palabras, ni un ápice de aliento, apoyo o libertad.

Yo alguna vez creí en mi libertad. Y también la destruiste, la arruinaste. Alguna vez tuve infancia, la aniquilaste con tu orgullo. Cuando por fin tuve sueños los destrozaste y pisoteaste. Cuando quise ser escritor... padeciste el síndrome de Alicia, ese que les da a las madres cuando un hijo quiere dedicarse a la poesía y el arte.

[asesino]

(Escrito originalmente el 25 de noviembre de 2011)

Duerme plácidamente, su mano debajo de la almohada parece acariciar el terciopelo de la tela, de una manera sugerente, casi fetichista, con dulces caricias, frías y cálidas, vivificadoras y desfavorables; venenosas y puras, que reposan al lado de su cuerpo que se envuelve en elogios, se cubre de halagos de algodón y lino.

Su rostro pegado a los pliegues de la sábana le hacían sonreír, como un roce lento en sus fugaces ademanes. Las cuatro candelas habían dejado de brillar, para dar paso a la aurora, ahí estaba él, tendido, en completa quietud, acariciando las sábanas, abrigado por una cobija vieja, y sobre un colchón destruido.

Derrumbado con la esperanza desusada, sólo tenía al sol, y una luna que menguaba. Con la dicha de sus viejos calcetines. Se levantó para ir a entregar el dinero. Unos cinco mil pesos en efectivo. Fue al parque donde acordaron mirarse, sin testigos, sólo ellos dos. Al verse ambos temblaron. Le dio el dinero, y le mostró el rostro del hombre que odiaba, le pidió que lo matara, pero que le infringiera todo el dolor que puede sufrir un hombre, como si todos los dolores más sádicos hubieran cruzado por su mente, el asesino sonrió al recibir la fotografía, la dirección, el dinero y las llaves. Así se marcharon, sin presentir que el corazón había muerto antes de matar.

Duerme plácidamente, así como rozaba la almohada, ahora roza los pliegues, se cubre de calor, su sangre bulle, de furia, de ardor, de calidez... se desata una furiosa oleada de odio y perversión, de sadismo puro y descarado. Había dicho que lo iba a matar, porque ya no podía enfermarse mas de asco, de dolor, de profunda ebriedad de su aroma, casi lo podía respirar. Había entrado a su habitación con temeroso sigilo, arruinando la felicidad, profundamente, irreparablemente, miro la foto unos instantes, para cerciorarse que era su rostro, que era a quien debía asesinar, se cubrió del odio imaginario de su clienta, a punto de desbordarse en cólera, sacó silenciosamente de su maleta un martillo, lo apretó fuertemente entre sus manos, y buscó la habitación del fondo donde yacía plácidamente su víctima durmiendo.


Se preguntaba, ¿Cuál habrá sido el mal que debe de pagar ese hombre, para merecer la muerte? pero no quería involucrarse en las mismas emociones de su clienta, o de su víctima. Lo miró dormir, tendido sobre su cama, levantó entre sus manos el martillo en dirección a su cabeza que reposaba sobre una almohada acolchonada y suave; una tenue luz que proyectaba la luna dentro de la habitación fue el único testigo cuando clavó el martillo en la cabeza de su victima, un silencio total posterior y doce martillazos continuos, le dieron muerte a ese hombre. Sangre salpicada y su rostro desfigurado le habían hecho cumplir su misión, la de matar a un desconocido. Finalmente había pagado el mal. El asesino encendió un cigarrillo mientras entre la penumbra contemplaba débilmente el cuerpo inerte de su víctima. 

Decidió exiliarse en algún lugar donde la muerte no lo encontrara.

[la musa que solía escribir]

I.
Había un pedazo de cielo en nuestras manos, teníamos que pintarlo de los colores del melocotón, teníamos que saborearlo con dignidad y sin reparo; como quien acaricia con las manos por primera vez. Y esconde el vacío de los labios escasos.

II.
La conocí por casualidad, buscando una historia de amor entre hojas amarillas de un periódico, buscaba rompimientos, decepciones, locuras por amor que me llevaran a un lugar lejos de mi rutina, donde los amantes más tímido se arriesgaran por un corazón o por un amor. Hasta las historias más absurdas de amor, las más claras y repentinas, pudieran darme esa ilusión, lo que andaba buscando, me enclavé entre la monotonía, creyendo encontrar la felicidad repetitiva, pero era miserable por repetidos momentos.

III.
¿Qué fue lo que me inspiró? Quizá fue su piel con aroma a tinta y pergamino, fue esa mirada que brilló en el horizonte alejado del mar, en la ficción de mi mejor realidad, fue la musa más creativa, aquella que no sólo inspiraba si no que era capaz de inspirarse, ¿Quizá se inspiraba en ella misma? ¿Cuál era su motivación personal? Yo tenía sus letras, su premio planeta de 2006, tenía su vida en mis manos, ¿Quien era esa inspiración? ¿Cuál era su nombre? ¿De dónde había surgido? Tanta belleza expresada en una líneas, tanta narrativa por encima de la realidad, tanta vida en lo más inerte.

IV.
Su nombre es María Laura Espido Freire. Ella es escritora. Es también una musa.

[monalisa]

¿Porqué me sonríes? ¿Qué hay en tu sonrisa que me embelesa? ¿Qué hay en mi seriedad que tú idolatras?

¿Qué hay en mi ignorancia? Para no descubrir el misterio de tu sonrisa.

¿Qué hay en esa elegancia del cisne, que envidia tu aleteo? Que florea con su lengua cada adorno, que con cada palabra se recrea un nuevo poema.

Quizá eres una nueva monalisa, que nadie ha retratado pero que si ha inspirado.

Porque eres la maravilla más tierna, la más apasible, que con tu mirada logras encender el magín de mi mente, y en tu retrato se funde la ficción y la realidad. Y conviertes esta sonrisa en la atracción más mortal que culmina en el renacer del alba, en el retrato de tu sonrisa en la mía.

Ojalá pudieras explicarme ¿Qué significa tu sonrisa cada vez que me miras?

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