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Mostrando las entradas de noviembre, 2012

[el síndrome de alicia]

Siempre quisiste destruir los mejores sueños que tuve, los imposibles que convertiste en mortal ironía, los posibles que hiciste que parecían lejanos e imposibles, aunque escribiéndote me siento, como Kafka cuando le escribía a su Padre. Siempre elogiaste y admiraste mi disciplina, mi disposición y habilidad para encontrar en las letras la apreciación del arte más pura y creativa, que en otras cosas había fallado por mucho que lo intentara, como en mi inhabilidad para practicar deportes, o encontrarme en el ámbito social, porque también destruiste lo único por lo cual era hábil y más que una simple afición, era para mí y siempre ha sido la pasión más grande de mi vida; y que siempre menospreciaste, por alguna razón intrascendente. Recuerdo aquellas veces que exaltabas mi ánimo, y querías abatirlo por mi desinterés para usar esa creatividad que reprimías en los quehaceres de la casa, como si fuera un pecado mortal, que me desinteresara por lo que entonces a ti te apasionaba que era …

[asesino]

(Escrito originalmente el 25 de noviembre de 2011)
Duerme plácidamente, su mano debajo de la almohada parece acariciar el terciopelo de la tela, de una manera sugerente, casi fetichista, con dulces caricias, frías y cálidas, vivificadoras y desfavorables; venenosas y puras, que reposan al lado de su cuerpo que se envuelve en elogios, se cubre de halagos de algodón y lino.

Su rostro pegado a los pliegues de la sábana le hacían sonreír, como un roce lento en sus fugaces ademanes. Las cuatro candelas habían dejado de brillar, para dar paso a la aurora, ahí estaba él, tendido, en completa quietud, acariciando las sábanas, abrigado por una cobija vieja, y sobre un colchón destruido.

Derrumbado con la esperanza desusada, sólo tenía al sol, y una luna que menguaba. Con la dicha de sus viejos calcetines. Se levantó para ir a entregar el dinero. Unos cinco mil pesos en efectivo. Fue al parque donde acordaron mirarse, sin testigos, sólo ellos dos. Al verse ambos temblaron. Le dio el dinero, y …

[la musa que solía escribir]

I.
Había un pedazo de cielo en nuestras manos, teníamos que pintarlo de los colores del melocotón, teníamos que saborearlo con dignidad y sin reparo; como quien acaricia con las manos por primera vez. Y esconde el vacío de los labios escasos. II.
La conocí por casualidad, buscando una historia de amor entre hojas amarillas de un periódico, buscaba rompimientos, decepciones, locuras por amor que me llevaran a un lugar lejos de mi rutina, donde los amantes más tímido se arriesgaran por un corazón o por un amor. Hasta las historias más absurdas de amor, las más claras y repentinas, pudieran darme esa ilusión, lo que andaba buscando, me enclavé entre la monotonía, creyendo encontrar la felicidad repetitiva, pero era miserable por repetidos momentos. III.
¿Qué fue lo que me inspiró? Quizá fue su piel con aroma a tinta y pergamino, fue esa mirada que brilló en el horizonte alejado del mar, en la ficción de mi mejor realidad, fue la musa más creativa, aquella que no sólo inspiraba si no …

[monalisa]

¿Porqué me sonríes? ¿Qué hay en tu sonrisa que me embelesa? ¿Qué hay en mi seriedad que tú idolatras? ¿Qué hay en mi ignorancia? Para no descubrir el misterio de tu sonrisa. ¿Qué hay en esa elegancia del cisne, que envidia tu aleteo? Que florea con su lengua cada adorno, que con cada palabra se recrea un nuevo poema. Quizá eres una nueva monalisa, que nadie ha retratado pero que si ha inspirado. Porque eres la maravilla más tierna, la más apasible, que con tu mirada logras encender el magín de mi mente, y en tu retrato se funde la ficción y la realidad. Y conviertes esta sonrisa en la atracción más mortal que culmina en el renacer del alba, en el retrato de tu sonrisa en la mía. Ojalá pudieras explicarme ¿Qué significa tu sonrisa cada vez que me miras?