[naturaleza muerta]

Estoy ante el fuego de frente al calor, donde la vida se ha ido, abrumada, entre el frescor impropio del invierno repetido cada año.

Todo se quema en el invierno, en las estaciones finalmente, se desvelan las ruinas, de un exilio anticipado. Cuando concluye el estío el hedor persiste, de aquellas muertes lentas y prematuras, que se sofocan al calor.

Y en el otoño la caída de las cosas insignificantes es inaplazable, la lánguida vida se fuga entre las violetas marchitas, a través de los sueños transgredidos por la afición. Y en la primavera todo se regenera, se funde en un nuevo capullo dejando inservibles los elogios, las promisiones, el alma que permuta en carne, en la sangre que ha cambiado, como transmuta la aurora en un ocaso prematuro, y se pierde en la redes doradas del astro, allá en la intemperie que sirvió de olimpo para los Dioses, allá en la pletórica rehechura de los campos en el basto plumón del cisne digno de tal elogio.

Aquí siempre termina la vida. En la remembranza de tus días pasados, en el ocaso de tu vida, como te sientes viejo, recordando aquellos años soleados. Y aquel verdor a tus pies como alfombra, y el corazón humilde se ciega, baja la mirada intranquila, celosa, deseosa de volver, de aferrarse a los malos hábitos. ¿Qué han sido de los elogios? ¿Qué han sido de las flores? ¿Qué ha sido de la vida que se quedó prendada de un mismo corazón compartido? Ya no te resta nada de aquello, has fracasado.

Todo tiempo se acaba…

Toda vida concluye…

Toda naturaleza también muere a pesar de la belleza…

[coleccionista de tangos]

Si tan sólo supieras que a veces me duele el alma, tanto como me duelen las heridas.
Que a veces el sol parece muerto, y tus ojos pletóricos ardiendo en la estela de brillo que dejó a su tránsito el frío, de lo que en otrora fue resplandor.

Generalmente, no se si debo callarme; porque cuando me guardo lo que pienso me encuentro en el dilema de la hipocresía, o debo decir las cosas, porque cuando digo lo que pienso daño a las personas.

La gente dice que he plantado flores en el hormigón, con la misma mano que corto las del campo ajeno.

Que me nieguen el derecho de querer. Porque he perdido lo que parece ganado, y he querido ganar aquello por lo que nunca he luchado.

Porque soy un anónimo, un desconocido, soy el extranjero en esta tierra, un alcohólico, bebedor impulsivo, amante de las botellas, coleccionista de tangos, embriagador de melodías, de lunas amargas, de besos comprados, de compañía exigida, cortesano de los malos hábitos, un perdiguero, coleccionista de soledades, escribano de irrealidades, artista vagabundo, escritor... escritor de romances, escritor de vidas ajenas. Porque yo soy nadie. Un simulador de lo que sueño ser.




[coleccionista de fracasos]

Siempre he sido el primero en perder, el último en ganar. Nunca he podido cumplir un sueño, a veces me aferro a los deseos, y mi realidad se vuelve un caos, por querer desear aquello imposible. Dicen que es imposible.

Soy un alcohólico, un vicioso, soy un adicto, un genio incomprendido. Como un escritor enfermo sifilítico, soy porque quien darías la vida, y nunca te daría las gracias. El que siempre se daba por vencido anticipadamente, el que siempre daba por perdida una batalla.

Soy el único derrotado cuando ni siquiera he comenzado a luchar. Estoy aquí para rendirme en los concursos literarios, antes del plazo, en tomar mis ideas y tirarlas por la ventana.

Me viste beber entre las canaletas entre un río de lágrimas lamentando las derrotas, y celebrando las victorias imaginarias. Me viste ebrio de pasión y amor; en estado de ebriedad lamiendo la banqueta.

Nunca me levanté... pude luchar, pude perseguir un sueño, me hice adicto, me hice escritor para describir la belleza de lo más grotesco que he vivido.

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© Prince W. Cantodea. Una Dolce Malinconia 2006-2014. Con tecnología de Blogger.
 
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