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[diario de un escritor en estado de ebriedad IV]

Soy un arrogante, lo se, manipulador maquiavélico y sarcástico.

Ostento la piel ingrata de quien muere muchas veces antes de la muerte definitiva. Soy adicto al sabor de las botellas, a los besos de whisky sobre un vaso de plástico. Ebrio y podrido. Me gustan las caricias de la sábana blanca olor a cloro y aromatizante. Soy hábil para echar a perder lo mejor. Y no se porque sólo me refugio en el alcohol destruyendo mis días en delirios de grandeza e ideales vacíos. Enamorado de aquella mujer indecente, de aquella mujer que me ignora, del fruto de sus labios prohibido, pero que me inspira a escribirle, aunque no sea digno de su alborada, porque soy el ocaso en sus ojos.

Soy inmoral y afecto a la perdición. Un despojo. Ruina. Amargo. Siempre una contradicción, entre la belleza y lo grotesco, dejando amor en cada hotel, con lo poco que me queda de corazón, al mirar la lluvia como aquilata la herida, y como los párpados se adormecen sin ningún sentido, creo que he vuelto a caer ebrio seducido por una falsa musa que ha huido con el don que alguna vez tuve. Te hice inmortal muchas veces, y me diste una sola muerte.

Sólo sé, que no tengo remedio.
Aunque tampoco he buscado remedio.

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