[la noche triste]

No se porqué me miraste, porqué me sonreíste, fue como un sueño cumplido, el primero de muchos que parecían brillar, pero fueron serpientes agobiando. No se cómo llegué a idolatrarte repentinamente, por tu locura desmedida, y tu obsesión compulsiva, esa, insana costumbre de creerte admirable, que yo te animaba o que tú me contagiabas.

Ya hace más de tres años que concluyó mi horror, de ganarte el aplauso hipócrita, de pretender el garbo en las esquinas repletas de aserrín, de comprar la finura en los tianguis donde se tiran los sueños no correspondidos.

¿Qué pasó? Con tu bondad predicada, con esa esencia que parecía real y natural, y confundí torpemente, ingenuamente, sólo me llevó al destierro de mí mismo, dejé de ser yo, por brindarte lo que no merecías, y exigías como si fuera mi responsabilidad. Eras admirable en la ruina, en la manipulación y el rechazo, y asumí un papel de victimario, que me hiciste creer, en sólo unos meses, por un amor mediocre, que juraste, pero que guardabas celosamente, sólo para ti y para mí, no querías compartir eso con el mundo, porque era un amor vacío y prefabricado, después, todo se fugó, y al salir del laberinto, cediste al veneno, me diste el flechazo, caí desangrado y te retiraste. Dejándome herido.

Alguien rescato mis pedazos, pero nunca volví a creer, no pude confiar, ahora dudo de cualquier amor que se promete, de cualquier cariño que se dicta, de todo el afecto que se exige.

Sigo vivo y escribiendo. Tú, por otro lado, habías dejado de vivir.

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