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[el complejo de no ser edipo, vol. 1]

Tuvieron que pasar muchos años, para que pudiera perdonar a mi padre, y no fue porque hubiera un rencor, si no que más bien había mucha indiferencia, y esa indiferencia es la que realmente daña. No se pudo hacer gran cosa, brindarle compasión por los años que me llenó de indiferencia y de un extraño cariño siempre distante y frío, y en algunas ocasiones cálido y atento, eso si, siempre que su aliento estaba más fermentado que los viñedos de la Rioja. El perdón no llegó por divinidad, esa divinidad que ignoramos, y que es el único rasgo que debe unirnos, mi perdón vino porque hace mucho que dejé de odiar, de rechazar, de detestar lo que me rodea, aún me quejo de todo, aún hago críticas de todo, pero ya no puedo odiar, en eso he cambiado, he madurado tanto, que dejé de odiar para matar lentamente con mi indiferencia, esa indiferencia es lo que hace más gloriosa mi vida.

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