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[la mujer de los ojos cándidos]

Ya hace dos semanas que llegaste, te vi la primera vez en el andén de Buenavista, confundida por la multitud, pensé que tu soberbia era un encanto mágico y natural.

Sabías que has captado en mí tu atención, fue digno del reproche más elaborado, de saberte presente, pero ausente, sólo te pude ver esa vez, atenta y tan discreta, con gran timidez abordaste el tren, rumbo a Ciudad Azteca, yo me dirigía al lado contrario, eras esa mujer que recorre las casualidades en mi vida, y que hace distintos los momentos que parecen iguales, no se ni quien eras, ni siquiera sabía tu nombre, nunca podré saberlo, en esta ciudad las casualidades se transforman y se extienden como seres pululando alrededor de los sueños.

Pudiste ser esa imponderable elegía, en tan sólo unas semanas me creaste adicto al único recuerdo que reside en mí, ese tono adherido de alegría insensata, quisiera averiguar tu felicidad, pero me bastaba con esta anécdota de no saber de ti, porque mientras más me acerco a la vida de alguien mi vida y su vida se vuelve un caos, un desorden completo sin remedio, sin posibilidad alguna del equilibrio.

Sólo me queda vivir en el recuerdo, en la posibilidad inconexa del desequilibrio, del desorden, en todas esas casualidades mentales que pudieron surgir después de cruzar esas miradas micrométricas, que significaron mucho para mí, y que para ti, sin embargo no cambiaron en nada tus días posteriores, yo soy el mismo perdedor, ávido de tu atención con la misma nulidad de un segundo encuentro, de captar tu mirada.

Ya casi dos semanas de mi romance imaginario con la mujer de los ojos cándidos. Ella que se ha llevado cada molécula de mi cuerpo, y en su ausencia ha dejado mis ojos grises, redactando poesía hasta la próxima casualidad.

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