[depresión tropical]

Te comparaba con un cálido atardecer, un jardín soleado y atemperado. Eras la definición de la preciosa natura poblando el prado estéril y austero, a cambio de flores.

Te comparaba con el brillo aquerenciado, entre el calor y la tibieza, sin apegarse a uno ni a lo otro. Fuiste la estética que admiraba. Que cantaba, recitaba y repetía todas las odas improvisadas a tu belleza recién formada.

Era tu belleza odiada y repudiada, como odiabas tu soledad y repudiabas la mía, que te inducía al afecto repentino motivado sólo por el miedo. Miedo que suele eternizarse junto a un sentimiento romántico que desaparece y se nulifica.

Fuiste mi clima templado. Mi trópico encantador. Fuiste una lluvia clara a mitad del invierno fuliginoso. La calma frente a la tempestad. Ese sentimiento aventurero de intentar triunfar ante la adversidad, aunque tú me llevaras a navegar contra corriente.

Eras el cantar romántico, de todo lo que no era, cuando quise creer, fuiste huidiza de mis encantos, y arropaste mi soledad con la tuya, no era una necesidad pura, se trataba de cubrir nuestros vacíos, con tu vida incompleta.

De acabar con tu soledad y tu miedo. Pero yo no tenía miedo de ti, si no de mí, y tampoco estaba solo.

Llegaste como llega una depresión tropical.
Abandonaste todo, y ahora que tú quisiste arriesgarte conmigo, hoy, simplemente me doy cuenta que también debo triunfar ante la adversidad, porque mi pugna inicia al seguir vacío e incompleto, y tú aquí, queriendo complementarme, y yo acá, queriendo estar incompleto.

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