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[la ironía socrática del amor platónico]

Yo era el chico que se sentaba a un lado de ti, el que siempre miraba tu cabello alborotado jugando con el viento, el que observaba tus manos tibias una sobre otra, el que sabía cuando te desesperabas y mirabas por la ventana, sabía cuando pensabas en otra cosa y no atendías la clase, era el que quería llevarte al baile o al cine, el que te decía las respuestas correctas, porque sabía que todas las que contestabas voluntariamente estaban incorrectas.

Fui ese chico, que te miró llorar en los pasillos de la cafetería, anegada en el llanto infinito de la traición, decepcionada de las mentiras que te ilusionaron como verdades. Y aunque no lo creas, fui ese chico que preguntó tu nombre a una de tus amigas, para saber que escribir en cada hoja de mi cuaderno, cuando no tenía clases.

Si, era el chico que nunca te invitó a salir, pero sabía cada detalle de ti, y no era por ese morbo enfermizo y obsesivo, era más bien un complejo elogio, conocer de ti, lo que ni tú recordabas. Siempre fui el que estuvo divido entre el sentimiento y la razón, fui el que te llenó de elogios cuando no me escuchabas, cuando ni siquiera sabías de mi existencia, fui el que siempre se quedaba esperando un resquicio de interacción ocasional, que buscaba discretamente con la mirada, había ensayado mi sonrisa todo el fin de semana, cuando me miraras, esa sonrisa debía enloquecerte.

Eso no impidió que te comprara obsequios. Que te hiciera textos profusos llenos de melancolía, y que luego disfrazaba como si fueran novelas, o diálogos para mis trabajos. Y que en todos ellos hubiera un nombre como el tuyo. Y debes saber, que siempre fui invisible para ti, yo era el preferido de los profesores, tú eras la que trabajaba de noche en un Cabaret, siempre fui el preferido de los profesores, y yo los odiaba a todos, pero ni siquiera por eso me mirabas.

Siempre fui el chico tímido, callado, que se sentaba al final del salón, ese que estaba en los pasillos sin acompañantes, sin amistades, ni siquiera era perseguido por nadie, jugando o leyendo, ese que estaba inmerso en el orden platónico de las cosas, como evidencia de la estética. Siempre fui "ese de lentes" porque nadie sabía mi nombre, no sabían si reía, lloraba, meditaba o me emocionaba, tenía el mismo aspecto frío y arrogante que hacían tratarme como extraño, ese chico delgado de playeras negras y peinado pasado de moda, era el chico que no era nadie, el que siempre esperaba una palabra tuya, unos buenos días o una sonrisa, un agradecimiento por todas las horas que te dedicaba ocasionalmente, como religión a tu existencia.

Siempre esperé todo de ti, hasta que terminó el colegio y nunca obtuve nada.
Yo que sabía cada porción de ti, y tú ni siquiera quisiste mirarme. Era sencillo saberlo, yo nunca pude acercarme a ti, esperé que el elogio fuera suficiente para ti, pero nunca supe del impacto que tendría en tu vida, si todo lo que ahora digo no se hubiera quedado en un papel, hoy te recuerdo como la chica rubia que se sentaba al lado mío en el colegio de quien recuerdo tu nombre completo, tus placeres, tus disgustos, tus victorias, tus deportes, tus novelas, tu música, y tú, hasta la fecha desconoces quien soy yo, y a lo que hubiera aspirado si te hubiera conocido fuera de ese salón de clases, fuera del horario, fuera, completamente fuera de lo platónico que me ilusionó torpemente.

Todavía soy el mismo chico, envejecido y usando lentes. Con la misma existencia, en la misma búsqueda de lo platónico, convencido que las películas románticas siempre mienten, lo nuestro es una tragedia. La mejor de las tragedias.

Comentarios

  1. Todos hemos tenido un amor trágico, o una tragedia de amor.
    Este texto me trajo a colación un episodio de mi vida que aunque es bastante diferente a lo que describes, deja una sensación muy similar.

    Un beso :)

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© Prince W. Cantodea

...y por si no te vuelvo a ver:
Buenos días, buenas tardes y buenas noches.
(Truman Show)

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