[fragmentos de abril]

No, no debes sonreírme, porque me doblego ante tu suprema potestad de violencia estética. Tengo la debilidad dispuesta a tu mirada, al frente de mis ojos en el delirio de mis sueños inconexos. Por que esta debilidad es tu provocación indirecta, tu violencia adictiva, envolvente y sublime, mátame cariño mío, mátame hasta que me canse de vivir herido por tus ojos y tu sonrisa maldiciente.

¿Porqué habrías de sonreírme si sabías que acabaría afligido?

Aunque tu sonrisa me agrada y me absuelve, también me quiebra en milimétricas piezas, y ese quebranto también me fascina, porque me vuelvo muchas cosas a la vez, todas esas cosas pequeñas que pueden ser insignificantes, y que reanimas y restauras con tu sonrisa venenosa, eres el mal que tanto me daña y el bien que tanto me alivia.

Por favor, no me sonrías, tú sonrisa es tan triste para mí.
Que no tengo reparo en sentir la ironía que lo más admirable y hermoso que tienes, es a la vez lo que me hace más infeliz porque no lo tengo.

[la musa de mis falsas expiaciones]

Yo te recordaba como lo que quisiste ser, altiva y exhuberante, nula creatividad e inteligencia, pero apasionada sobre todas las cosas. Amante de los desastres, de los romances sin ninguna conexión, buscabas la esperanza en los deseos ya marchitos, querías incendiar corazones jamás vividos, porque el romance para ti era encantador y mágico, pero nunca pudiste hacerme ver el encanto de lo que surgía en ti, en tus ojos temerarios y románticos.

Siempre dijimos que fue una casualidad, pero la verdad es que estaba hastiado, fuiste algo tan breve, que vivirlo demasiado me pareció repulsivo y agotador, fue la anécdota perfecta, para desconfiar en todas las mujeres de ojos grandes, en ellos había muchos sueños, sentí un malsano placer de destrozarlos, de arruinarte instintivamente.

El impulso no podía ser contenido, y desaté la furia primitiva, como una ola violenta enredada en el mar, sulfurando con la sal cada herida anterior a las que yo estaba provocando, nunca justifiqué el daño, al contrario, no tenía sentido alguno esa violencia. Ninguno. Tampoco buscaba la expiación redentora por mis yerros. Nunca provocaste ese gusto por la lástima, aunque te encontraba siempre anegada en llanto, por culpa mía, por esta insensata manía de echarlo todo a perder.

Algunas veces buscaba en las profundidades de mi ser, algún resquicio de compasión, pero estaba vacío, no tenía humanidad alguna. Nunca fui humano. Aún no lo soy. ¿qué es lo que soy?

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© Prince W. Cantodea. Una Dolce Malinconia 2006-2014. Con tecnología de Blogger.
 
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