[mi vida que herida]

Estoy roto y descompuesto. Existo como vive un juguete fracturado por el menoscabo de los años, soy el divertimento ecuánime y razonado de una desgracia conmovedora, esta tragedia continua y habitual de un perdedor, porque no soy imponderable, ejerzo con mis peores defectos estropeando las virtudes más antiguas que pudieron florecer. Mi vida: es un eufemismo insoportable.
Estoy quebrado y soy un bastardo. Esta es la bonita comedia que nadie quiso escribir. En otros tiempos me expuse cuitado, inerme y desvalido ante la brusquedad de la vida, pura violencia; fue hermosa ferocidad y de su destrucción fui también sonajero. Aquí desembocan todos los vicios, tristemente convivo sólo con ellos, cuando tengo apetito de saborear mi desamparo, desterrado de todas las compañías y el coraje me traiciona con su cobardía. Entonces, sólo cuando todo desprecio, cuando todo me da asco, cuando estoy completamente desamparado, entonces, le pregunto a la vida ¿Porqué me ha desolado o fui yo mismo que lo arruiné con mi amargura?

Creo que a veces ni siquiera existo.
Por que estoy más arruinado y estropeado que todas las visicitudes.
Soy un juguete sin fortuna en el juego o el amor.
No he aprendido a jugar solo.
No soy nadie.
Soy un desastre. Eso soy.

Así es mi vida, alegórica, mi vida querida, mi vida, que herida.

[animales de cortejo]

En sus ojos claros se conjugaban las dos cosas mas deleitables del mundo, la estética y el café.


No era la vulgar apología al deseo lo que en ellos encontraba, ni una fascinación casi inalterable para acallar a los sentidos. Eran idiotas, porque se confrontaban deseos cotradictorios, queriendo anular unos con otros, pero era una naturaleza primitiva, basada en impulsos y engaños. Ella era simpática y juvenil, con sagre creativa y viva, sus sueños eran libertades al vuelo, anhelaba la vanagloria a sus pies de la colonia condesa, pugnaba cada día entre los casuales roces imprudentes de los hombres y las miradas lascivas recorriendo con violencia briosa sus piernas cansadas de los tacones, obligada a calzarlos por la imagen positiva e impositiva que le exigen. Llega a la estación del metro, donde la persiguen las miradas con cierta fascinación, empalagando su oído de deliciosos adornos, que ella ignora duramente, porque es algo que no tolera. Y considera muy tarde cambiar su opinión formada por los duros golpes de la vida, que la enseñaron a no confiar, a dudar y a cuestionar.

Y regresa más cansada y más desilusionada. De todo el paisaje laborioso, asqueándose de las mismas cosas todos los días de su vida, sin embargo, en cada oportunidad quebranta la rutina y se arropa en la fantasía de un cuento, olvidando la imprudencia de los acosos callejeros, de esos elogios y miradas hipócritas. Sólo es ella en el centro de la pista de baile, aunque no baila, sus ademanes son lentos y acompasados, unos ojos lejanos, la miran atentamente, como escrudiñando cada movimiento, estudiando la manera de acercarse, porque ya ha rechazado invitaciones, tragos gratis, y cualquier intento de cortejo.

Él es callado y tímido. No se acerca por miedo, por inseguridad a su propia naturaleza, lento y ajeno animal de cortejo, que se arrastra acechando a su presa, joven y bella. Ella encuentra y define la atracción como una acción primitiva, así que aleja cualquier intento con el desdén de su inteligencia, ha pasado noches completas estudiando por gusto y por necesidad, pero ahora, sólo quiere divertirse sola.
-No me interesa conocerte.
Fue lo que desató la rabia de algún galán. Pero no pasa nada, aceptan su derrota dolientes y amargados de no poseer aquella mujer inteligente, pues a todos con desprecio los hace caer en la contradicción y humillados se retiran por no encontrar palabras para satisfacer esa curiosa inteligencia descomunal. Y él vuelve, no se aleja de su cuerpo, aunque a una distancia prudente sin que pueda incomodarla, ella está ahí, alejada de toda la realidad, rodeada de animales que se vanaglorian de sus cualidades artificiales y pretenden adherirse a aquellas otras cualidades para multiplicarlas, pero nada de eso funciona para una mente rebelde y obstinada en sí misma.

Después continua con su rutina, fingiendo durante la noche que no le importa estar sola y rodeada de adorables gatos, que se cortejan unos a otros enfrente de su terrible y aburrida soledad.

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© Prince W. Cantodea. Una Dolce Malinconia 2006-2014. Con tecnología de Blogger.
 
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