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Mostrando las entradas de julio, 2015

[princesa de Uxmal]

Pues sólo quiero decirte adiós después de un año de ausencia, ahora que vuelves como si no hubiera culpa entre nosotros, es cierto que no hay rencores tampoco, pero sabemos que elegiste por tu impulso, sé también que te cansó mi análisis. Yo hubiera dado una porción de mi vida por tu felicidad, pero tampoco quería hundirme en mi propia infelicidad por lograr tu catársis. Estuve cansado de malas decisiones, de malas elecciones de torpes romances que sólo me conminaron a la desdicha, ¿porqué debía ser infeliz por alguien más? Fui un hombre caprichoso. Fuiste tú también mujer caprichosa. Ninguno de nosotros logramos acabar con nuestros vicios, mutuamente alimentamos los malos hábitos, y en el momento de tu ausencia volví a regenerarme de todo aquello que perdí contigo, torpemente, estúpidamente con una esperanza ingrata de ser tú y yo. Hubo mucha expectativa, nada sucedió, nada sucedería. Adiós, buenas noches. 

[la rebelión de columba]

Siempre fue grácil un ostentoso cúmulo de virtudes, era blanca como la flor de invierno, comparada con ternura, dulzura y un viso de inocencia por sus tonos albos y límpidos. Sus ojos que eran atractivos por su estabilidad, atraían más que por lo colorido de sus pupilas y sus pupilas siempre fueron mías.

Me pertenecían.

Quería adueñarme de su estabilidad.

Tenía la dureza enérgica de los trazos violentos para dibujarla perfectamente.

Es un ave portentosa y gloriosa a quien quise adular con mi inestabilidad poética y hermosa, pero toda mi poesía siempre ha sido violenta en relación con su blandura. En su ausencia le escribo miles de versos que leo a su regreso. Ella vuela sólo impulsada por su independencia, libertad y belleza plumífera.

Siempre quise definirla, pero definirla sería cautivar su primoroso linaje.

Y me gusta que sea rebelde, porque amo su rebeldía, la sublevación de sus ojos. Porque su insurrección ha provocado mi flaqueza donde antes había vigorosa entereza.

Su ve…

[Carta a... (musa helénica)]

Querida y admirada Diana:


Constantemente haces brillar mi empatía, creas en mí confianza, un círculo perfecto de hábitos y virtudes. Pero esta carta no voy a describirme, porque yo me conozco (aparentemente) y contradiciendo a Hemingway, hoy voy a escribir de lo que menos conozco, que eres tú.
Un poco te conozco, porque tú tienes una parte de mí.
Y yo tengo una parte de ti.

Siempre te leí, admirado por tu retórica, por tu profunda filosofía de la vida y las emociones internas, por tu conocimiento de la vida, te admiré hasta el grado de querer ser como tú, o al menos compararme positivamente contigo, pero siempre me has superado en ingenio e inteligencia, en disciplina, en lenguaje y en cultura. Sólo te supero en años, pero a mis años podrás ser tu mejor versión de ti misma, como a tus años yo quise serlo de mí mismo. Te admiré hasta el principio de la obsesión, de imitar tu escritura y los colores que utilizabas, que tú sabes a lo que me refiero y aunque nunca pude hacerlo, pero eso…

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