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[la rebelión de columba]

Siempre fue grácil un ostentoso cúmulo de virtudes, era blanca como la flor de invierno, comparada con ternura, dulzura y un viso de inocencia por sus tonos albos y límpidos. Sus ojos que eran atractivos por su estabilidad, atraían más que por lo colorido de sus pupilas y sus pupilas siempre fueron mías.

Me pertenecían.

Quería adueñarme de su estabilidad.

Tenía la dureza enérgica de los trazos violentos para dibujarla perfectamente.

Es un ave portentosa y gloriosa a quien quise adular con mi inestabilidad poética y hermosa, pero toda mi poesía siempre ha sido violenta en relación con su blandura. En su ausencia le escribo miles de versos que leo a su regreso. Ella vuela sólo impulsada por su independencia, libertad y belleza plumífera.

Siempre quise definirla, pero definirla sería cautivar su primoroso linaje.

Y me gusta que sea rebelde, porque amo su rebeldía, la sublevación de sus ojos. Porque su insurrección ha provocado mi flaqueza donde antes había vigorosa entereza.

Su vehemencia ha enervado el riguroso temple de mi valor.

Su brevedad alarga mi desdicha.

Pero ella que es rebelde y en su revolución disputa su partida;
Su distanciamiento me hará infeliz, desdichado y miserable.

Pero ella aún con su rebeldía y la subversión de su mirada pugna por existir;
Su permanencia me hará cobarde, me habré rendido, me habrá domeñado.

A pesar de todo me gusta su rebelión. Esa rebelión que también me hace insurgente cada vez que la miro. Aunque sólo venga temporalmente.

Y con sus pupilas provoque la oposición de mi obediencia y su desafío.

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