[me enamoré de una mujer con síncope]

  • Me enamoré de una mujer con síncope. 
Era Julio del 2013. Su nombre era como la flor endémica de México que brota en los campos. Así como la planta robusta que florece en la estación de lluvia y desaparece durante el invierno. Así era ella, como una flor estacional, que llegó durante el estío a germinar los áridos paisajes. Y una vez que se marchaba huía con ella la primavera.



La primera vez que la vi. Fue en ese verano del año 2013, ella de ojos claros y boca bien definida adornados por un barniz rojo carmín, sus párpados más bien fatigados, delineados en el perfecto contorno de sus ojos, su tez límpida y nívea, con el encanto virginal. Su fragancia era una mezcla de flores y vida, que me acerqué a su cuello terso y nítido para besarle la mejilla en sentido de aprobación, también un poco, para respirar su agradable aroma. Trabajaba de Telefonista, su voz era particularmente un deleite y un placer maravilloso para todos los sentidos, era extraordinaria de pies a cabeza. Llegó vistiendo un saco negro y debajo vestía una blusa azul oscuro casi cubriendo su cuello, completaba el conjunto un pantalón negro ligero y unos tacones de los cuales se quejaba mucho cuando caminamos. Se había recogido el cabello como si hubiera salido de la estética unas horas antes. Fue amor a primera vista. Así que brotó en mí una repentina actitud modelo, de pretensiosa cabllerosidad, garbo y gallardía en una misma aventura. Ella me miró y me reconoció al instante, yo tardé unos segundos en descubrir que había encontrado vida en el inhóspito corazón de hombre. Imaginen, yo era todo lo contrario a ser un hombre varonil, más bien delgado, delicado, mi capacidad de autosatisfacción era tan estricta como mi intención de satisfacer caprichos a alguien más, además era parco, serio, implacable, poco llamativo, sin alguna gracia, solamente mi encanto radicaba en algunas fotografías que parecía fotogénico y agradable, la realidad distaba mucho de aquella ilusión pictórica.



Se lanzó a mis brazos como si fuéramos viejos conocidos. Entrelacé su mano con la mía y  de ahí partimos rumbo a mi oficina a unos 20 kilómetros de distancia. Ella terminó exhausta del trayecto, le brindé todas las comodidades, todas las atenciones y posteriormente al encuentro todo desembocaría entre su boca y su voz. Así transcurrieron las horas en el éxtasis absoluto y predilecto de lo que germinaba brotando como florecientes capullos. Así fue la predilección, el amor, hablamos de cualquier tema, sobre ella y su amor, sus hijos eran su fortaleza y su debilidad, la vi llorar profundamente y reír a la vez, la filosofía, mi próximo viaje, y su futura residencia cerca de donde vivía, así que hicimos planes de volver a vernos. Visitar el cine o la feria del pueblo donde habitaba. Ella se comprometió a llevar a una de sus hijas, se excusó por que su segunda hija estaba indispuesta por el momento, yo nunca he tenido hijos, así que me pareció una oportunidad para que esto que yo era, pudiera hacerme dócil y dejar mi aspereza.


El tórrido amor fue breve e intenso durante el verano y la primavera, experimentamos el amor en múltiples formas y conceptos, ensayamos encuentros casuales, miradas fortuitas, necesidades mutuas. Fue una emoción tan pulcra, que consideré convertirla en mi heroína, una bella guerrera, la protagonista de mi novela o en el peor de los casos y en el mejor de los consuelos, idealizarla al máximo grado de mis pensamientos al convertirla en mi musa. Sus besos sabían a Bourbon. Sus abrazos tenían la dosis exacta de almíbar. Y los días incrementaron la intensidad como el leño las brasas, hubo pasión, amor, fuego, arrumacos, besos, abrazos, todo lo que conformaba una relación. Mis planes futuros, muy a la larga, estaban pensados en ella. Eso era amor, o no sé entonces que sería.


Era su primavera y la mía. Y como todas las flores que mueren en invierno, llegó el invierno y arrasó con los colores de la estación, y al mismo tiempo con su belleza estival, después, cayó enferma dos o tres veces más, la primera vez, estuve a su lado vestía una bata blanca, era lo único más puro y perfecto que le restaba, tomé su mano fuerte y prometí volver al día siguiente, cuando la dieron de alta, estuve llenando su casa de flores distintas cada día y le llevaba la cena, no sabía hacer nada más. Ella me agradeció con un beso. Una segunda vez cuando enfermó aún no se reponía por completo y volvía al hospital alentada por una inagotable y renovadora fuerza interna que nunca comprendía. Hubo cuatro meses de diferencia entre su estancia en el hospital la última vez que la visité cuando otra vez cayó en el hospital aquejada por constantes pérdidas de conciencia. Muchos problemas económicos y familiares transcurrieron. Y como los años o la enfermedad nos cambia. Entonces somos los mismos pero distintos.



Final. La vida nos llevó por diferentes caminos. Ella aún enferma, con problemas familiares y económicos, la obligó (quiero pensar) a alejarme, así que dejó de responder mis llamadas y cuando iba a buscarla a su casa, me negaban el ingreso, cambió de hospital en el que era atendida las anteriores ocasiones, así que no tuve registros de ella durante un largo tiempo. Hasta que por casualidad me enteré de su diágnostico. Era síncope cardiogénico. Pero ya no tuve el valor de volver a su auxilio. Ni de llamarla. Buscarla o preguntar por su salud. Ya no escribí sobre ella, hasta este momento que narro su historia, tampoco volví a verla y nos dejamos de frecuentar por su enfermedad y mi cobardía, aunque alguna vez nos amamos con tanta vitalidad que es dificil pensar, que hoy, tenga muy poca vida. Y un corazón con esporádicos movimientos que probablemente con los años cause mayores detrimentos que lo que mi amor hizo con ella.

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