[el buen samaritano]

"Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."

Palabras finales del párrafo acerca de "La parábola del hijo pródigo" que aunque es un texto bíblico, como la mayoría de nosotros criados en hogares con supremacía cristiana y católica desde la infancia hasta que en algún punto desconocido todo deja de ser guiado y se empieza a construir la creencia, se reduce la fe y se rechaza el dogma, como simple fragmento metafórico, se me viene a la mente justo ahora, que mi persistente manía de apegarme a lo que debiera dejar pasar. Y es que anteriormente, mucho antes que pudiera comprenderlo, citaron dicho párrafo para hacerse referencia a mí o a ella, la culpable de mi autoexilio, este que les escribe sin ninguna pretensión moral o religiosa, simplemente, enmarco un texto conocido en mi anécdota personal, que resulta muy característica y similar, podrán llegar religiosos de esa doctrina a justificar o explicar sus dogmas en alguien a quien no le interesa su contexto o filosofía, simplemente, quiero ejemplificar que en la vida real distanciado de lo divino, la incapacidad de algunas personas a dejar de sufrir, a permitirse vivir, a dejar vivir, a dejar de alentar el arrepentimiento a cambio de redención, prefiero una vida miserable, sin arrepentimientos hipócritas, la redención nunca es creíble para mí, arrepentirme de mi vida que puede parecer miserable, no lo es, siempre que mis propios medios sean destinados a mi anarquía, a mi adicción de escritura, a horas nocturnas que provocan ojeras y bostezos durante el día, destinar mis fuerzas físicas a malgastar mi lengua y mi mente en constantes elucubraciones de mierda, a la fantasía creíble de mi futuro postergado mientras mi presente es un caos, en un estricto sentido de la historia de "El hijo pródigo" yo no fui un buen samaritano, yo no fui el primogénito, yo fui el que estaba ahí siempre en silencio, el que bregaba por pertenecer sintiéndose tan ajeno a todo y todos, en mi capacidad fui un imbécil, en su visión fui incapaz.  Fui todo el mal sin ninguna causa. Maledicencia. Ignominia. Un bastardo. La escoria. El servil.


Ella que dilapidó juventud, tiempo, que hizo un caos de su pasado, que recogió cenizas y muchas juventudes para tirarlas con el demérito propuesto en su propia juventud. Abogó por los elixires de la vida, el anticuado soma que Huxley refería. Una vida de promiscua juventud, de facilidades emotivas, de locuras malditas, de felicidades discontinuas, provocadas, vomitadas y destrozando desdichas. Construyó su propia tragedia, su poesía caótica que disfrutaba, sin importar los lamentos o llantos que provocaba a su alrededor por su desorden temerario. Acumuló un tropel de descuido, acciones negativas, un sino torcido que la llevó a una agonía prematura por el consumo de elixires en demasía, una juventud casi terminada, pero recibió el perdón, como se recibe un regalo que sobra, como que no hace falta, como que se endilga a quien sea, sin ningún motivo, cuando yo merecía más que cuidados, una verdadera prueba de valentía o un propósito propio, después de ello, provocó el reencuentro y en algunos meses lo que tomaba forma de orden, de una fábula compleja llena de idealismos morales, se comenzó a derrumbar para regresar al caos y el desorden, su compleja vida y su absolución había fallado, cayendo nuevamente en ese espiral de adicción, locura y muerte. 

Después de una segunda y tercera vez. El regreso del primogénito fue triunfal, y tal como la anécdota bíblica:
"Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado". Y comenzaron la fiesta.

Se mató el novillo cebado, metafóricamente. Y de pronto, como si todo borrara los lamentos y el llanto con una risa o sonrisa, todo se volvió "bueno" en su mente destrozada por la fantasía, por la irreal convicción de un perdón que modificaría todo un historial delictivo discordante y destructivo, entonces, se le dio el mejor vestido, la mejor comida, se abrió una botella, se brindó, se bebió, se comió, la vida siguió, nada se detiene por lamentos o culpas, pero ahí está, encumbrando la mierda social a un redentor, que puede ser menos que eso, que quizá nada haya aprendido de su periplo salvaje, quizá nada haya cambiado por dentro, ni muestre arrepentimiento, pero psicológicamente pretenda cambiar algo con una actitud soberana y cínica.

Yo desconozco la mente humana, no sé que pasa por sus millones de terminaciones nerviosas, desconozco el atrevimiento de los padres para soportar la autodestrucción y comprender el perdón, y lo desconozco quizá, porque yo no soy padre, pero soy (quizá) un buen hijo, desconozco si la redención es legítima, desconozco los motivos que tienen para que después que ella regresó, me consideren a mí, el peor de los seres humanos, coexistiendo con la incólume de su primogénita, yo que nunca he sido la oveja negra, pero ahora soy el exiliado, el desterrado de sus ojos, soy la vergüenza, que no se advierta mi presencia porque daña, soy el mal que mata.

Todo lo que hago es ser yo mismo. Que yo no cumpla sus expectativas, es porque mis expectativas son otras a las de ellos. Sigo sin saber... ¿Qué mal habré hecho yo? ¿En qué me convertí? ¿Habré cambiado? ¿O ella es mejor por su redención que yo? ¿sin redimirme de algo me vuelve malvado? ¿Será mejor el arrepentimiento hipócrita de ser, que no arrepentirse nunca de ser uno mismo? Les confieso: "Lo único que hago, es ser yo mismo" 
¿Qué daño habré causado con eso?

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