[carta para un muerto]

Usted, que tanto hizo por mí.

Me hace falta la retórica que tanto he estudiado y la filosofía que tanto me ha explicado, pero no puedo conocer las cosas universales. Todo tiene un orden, el orden es una hermosa simetría que adula a las cosas, no sé que más puede significar en este momento, en este estado casi de desahucio. Cuando crees morir, irremediablemente, piensas o dices palabras que de otro modo no dirías, te ataca la sinceridad, te mata la honestidad. 

No intentes descifrar mis desplantes narcisistas, no justifiques mi egoísmo, no era miedo al compromiso, no era miedo a mis sentimientos, no era el vacío que alababa, era un poco de locura, pero nunca hablé o dije algo por calmar mi soledad con tu estúpida figura, queriendo darme aliento, ánimo un espíritu incendiario con el que juramos hacer historia y cambiar paradigmas, sólo tú y yo. Toda la idea romántica nos parecía suficiente motivo, tú, brillante astro que guiaba a los ciegos y desamparados, yo, un fuego que quemaba sólo mi materia, egoísta que era, no me importaba quien moría de frío, aún cuando fuera la única tea quemando el aire. Siempre justificando el hecho que no podía reaccionar ante nada, ni a tus manos acariciando mi espalda, tus pequeñas caricias que pasaron de la pasión arrebatadora a la discreción absoluta, porque fuiste menos temeraria por el asombro que te causaba mi indiferencia y mi absoluta frialdad inanimada.

Pasaste de la curiosidad por mi extravagancia, al pasmo del horror de mis victorias insensibles, decías que era "un monstruo" porque parecía no tener sentimientos, no justificar nada e ir directo a lo que me interesaba o me producía un estado de alegría incólume. Con el tiempo las advertencias cuando me conociste, tomaron sentido para ti, se volvieron despropósitos y llanto constante, lágrimas a las que de ninguna manera reaccionaba, hasta que con compasión me suplicabas mi consuelo, y yo no lo daba, quizá por que me importaba muy poco tu estado de ánimo, no tanto porque no supiera como consolar, lo cual en parte es muy cierto, pero te conocía muy bien para poder fingir que me importabas un poco y calmar tu llanto. En ese agosto del 2012 mis infidelidades y desapego emocional hacía ti, fueron más bien planeadas y fortuitas, pero soy tan inexpresivo, que era difícil para ti captarlo, mientras mi rostro era un cuadro constante de una misma faz. Todo lo que soñamos fue destruido por mi arrogancia, y aunque puede dolerte menos hoy, el hecho que no me hizo ningún daño hacerte sufrir tanto, no eres la primera persona que sufre tanto por mi narcisismo, por mi arrogancia y sobre todo, lo que es aún peor que todos mis otros defectos, mi incapacidad para querer o generar algún lazo emocional. Intenté crear algún motivo para mantenernos unidos, por gratitud más no por amor, y compensar un poco la falta de tiempo y ese desenlace que estaba a punto de ocurrir.

De recordar que todo empezó por una casualidad. En realidad siempre me gustó alguien más, pero tú alimentaste mi ego. Y parece que eso alimentaba el tuyo. Jugué mis piezas en el elaborado enigma que significabas, no sé si fue por mi edad, mi experiencia, mi inteligencia o por pura locura que gané el juego de la seducción. Y desde esa victoria, estuve en otras batallas jugando a seducir a otras mujeres, mientras tú planeabas como escapar de tu casa y fugarte conmigo. Después vino el aburrimiento. Y tu sexualidad me abrumaba tanto que se formó una repulsión creciente por toda tu anatomía. Seguí odiando todo de ti. Tu sonrisa infantil. Tu obesidad que creías que era sexy. Disfrutaste ser la víctima de todo lo que te rodeaba y salía mal. Yo disfrutaba el hecho que pudieras fracasar en lo que más deseabas no hacerlo, por tu exagerado dramatismo, tu conformismo lleno de vacíos intelectuales y emocionales, buscando siempre la compañía para sentirte plena. Eras como basura. Pero puedes regenerarte, yo siempre seré basura.

Por alguna razón incomprensible para mí. Decidiste aferrarte a mi autodestrucción, yo no pude soportar el hecho de descontrolar mi rutina, de tener que destruirme gratamente o acompañarte para no destruirme, para mí sólo fui yo, tú estabas debajo de todas las cosas insignificantes, tuve que demostrarte que en ese momento eras oropel entre tantas estrellas claras y nítidas.

Descubrí tu misterio. Conocerte demasiado bien, provocó la aberración moral que ahora estoy narrándote, agredir tu integridad y tu personalidad a tal punto que al final de nuestra relación habrías perdido toda dignidad y sentido del amor propio. Así fue. Aunque fuiste una persona consistente, ruda, tenaz, a veces estratégica, pero no pudiste con mi frialdad, te arrebaté todo sentido del amor, destruí la poca razón que te quedaba, hice estallar dentro de ti, tu pequeño corazón en forma de flor de calabaza, tiré tu dignidad y rechacé todas tus propuestas de la peor manera, hasta que te consumías por el llanto, yo ahí enfrente de ti, estático e inexpresivo observando como había destruido tu amor y tu grandeza emocional, ahora reducida a miseria y soledad.

Sinceramente, nunca he tenido remordimiento, no hay culpa, te confieso que he dormido bastante tranquilo, por si te perturbaba el hecho de saber si puedo dormir después de lo que he ocasionado en ti.


 Y así: "Lo que conozco de mí mismo es mi propia maldad. Ese es el secreto de mi consuelo. Quiero decir que conozco lo peor de mí. Puede que sea peor que lo peor de otras personas, pero la verdad es que no tengo que pensar ni preocuparme por eso. No hay excusas. Estoy en paz. ¿Soy un monstruo?". (Alice Munro)


[tú fuiste lo peor de mi vida]

Era el otoño de 1999. Los otoños cobrizos habían cambiado de dirección, cuando provenían de los vientos del Este y el sol de la tarde moría pronto, como cada otoño, iluminando las hojas de los árboles dorados por el sol, de mi casa en Tijuana México, donde viví mi infancia y parte de mi adolescencia.

Había comenzado el bachillerato en el colegio de Bachilleres, relativamente cerca de mi casa, por lo que mi círculo social fue reducido y casi menospreciado, pues, no tenía ninguna expectativa social, mi curiosidad lindaba entre la computadora y la televisión, intermitente, se gestaba dentro de mí un anhelo de ser escritor desde entonces, sin éxito alguno. Vestía un pantalón negro, unos tenis converse blanco y negro, una sudadera de gorro negra, debajo de ella una camisa blanca, solía usar lentes desde entonces e iniciaba con mi tratamiento de ortodoncia, para ahorrar unos pesos en ese entonces, mi madre solía cortarme el cabello, el cual quedaba disparejo que trataba de ocultar poniéndome el gorro de mi sudadera. Mi desempeño académico fue notorio, por mi facilidad estratégica y rutinaria. A veces deseaba cubrir mis prendas anticuadas por algunas modernas que anhelaba, después de pedirle dinero a mis padres para comprarlas, sin cuestionar mucho, me lo daban, entonces me duchaba, vestía un suéter negro con el dibujo de una pantera y un pantalón estilo deportivo también negro con rayas blancas a los costados. Iba a comprarlo y volvía feliz de adquirirlo, aunque no fuera precisamente lo más elegante, lo más moderno o el mejor estilo, pero era mi única idea de moda en ese entonces. Una prenda nueva me haría sentir menos inseguro, me haría parecer más guapo, aunque me faltara carisma, identidad, vocabulario o tan siquiera un ápice de voluntad. 



Llegó el invierno de 1999. Yo era un idiota. Era yo un ingenuo. Un romántico, bohemio, fanático de Queen, de José Agustín, de Christopher Marlowe. Devoraba más libros que comida, era más tímido que un ratón y más cobarde. Ese invierno me correspondía realizar un ensayo literario sobre la obra de Oscar Wilde, así que acudí algunos días a elaborar una notas a la biblioteca del colegio. Y ahí estaba ella, con su barbilla sostenida sobre un libro grueso sin abrir, mirando por la ventana a los chicos que jugaban baloncesto enfrente de la biblioteca, su cabello entre tono amarillo, verde y rojo, como bandera Camerunés, lo que me provocó risa apenas perceptible y volteé mi rostro lejos de su rebelde cabello que me fascinaba. 
-¿De qué te ríes? - Escuché una voz detrás de mí. 
-Hey, ¿De qué te ríes? - Se volvió a escuchar, su voz era dulzura hipnótica, como el canto de las sirenas, que seducían a los navegantes para dormirlos en altamar. 
Miré su cara, sus ojos penetrando en mis pupilas, se había echado el cabello hacia atrás para mirarme mejor, pude ver que sus labios masticaban chicle, y que se había cubierto de carmín color cereza. Delineaba el contorno de sus ojos color miel, lo que resaltaba aún más por el color de su tez blanca y perfecta. Me quedé impávido, sin saber que decir o que hacer, entonces, me sentía debilitarme ante cualquier palabra o mirada de alguna mujer, esa vez no fue la excepción, me sentí tan idiota, hasta que sin pensar lo que estaba a punto de decir...
-¿Yo? De tu cabello, pienso que parece una bandera Camerunés.-
Hubo un largo silencio, quizá a mí me pareció mucho tiempo, ella rascó la punta de su nariz, y después, soltó una carcajada lo que provocó que el Bibliotecario nos sacara.
-¿Qué hacías ahí dentro? -Ella preguntó. No me dejó responder y me dijo que si la acompañaba a su casa. Estaba cerca, según había comentado. Acepté. Porque sentía que era mi momento, que al fin alguien me notaba entre tantas personas, quizá, en realidad no era tan feo, quizá después de todo tenía carisma, era un chico simpático, así me sentía, así lo creía.


En su casa no había nadie. Dejé mis libros sobre una mesita y fuimos a su habitación. Mi conmoción estaba en la frontera del miedo y el asombro. Como si mezclara esas dos sensaciones. La vi inhalar cocaína. Meterse pastas. Beber alcohol como marinero. Y sobre todo fumar, era lo más inocente que hacía con su boca y sus manos. Yo me empecé a obsesionar con ella, en un estúpido intento por llamarlo amor, o la única afición que iba a tener por una mujer que guiñó su ojo para seducirse torpemente. Sería la única mujer que tuve en mucho tiempo, aunque en realidad nunca fue mía.

Empecé a estar más tiempo en su habitación que en clases y como era evidente, mis notas empezaron a bajar, mientras mi entusiasmo por ella se incrementaba como un estúpido. Me empezó a llenar el morbo de probar el alcohol, de meterme pastas, de probar su tabaco, su vino, todas sus porquerías que tanto amaba, sólo por complacerla, por creer en mi ingenuidad que autodestruyéndome ella se enamoraría de mí. Imbécil. Mi comportamiento en casa también sufrió cambios, yo sólo pensaba en ella, pero ella no pensaba en mí. Cuando estaba con ella, solamente la escuchaba, ella hablaba y hablaba, yo como espectador estudiaba su monólogo sin perder ningún detalle. Bebía. Fumaba. Y entre esos intervalos yo decía alguna cosa que había leído en algún lugar para parecer inteligente y gustarle. Pero ella se carcajeaba y se tiraba a la cama. Yo me acostaba a un lado de ella, continuaba platicando, hasta que nos quedábamos dormidos, uno al lado del otro, yo con su aroma de alquitrán y alcohol. Todas las veces desde que estuve con ella en casa, no llegué a ver a sus padres, hermanos, primos, ningún pariente, solo vecinos que me veían con repulsión cuando salía de su casa bastante noche o por la madrugada. En el colegio se comenzó a correr el rumor. Creí que sería buena idea si se esparcía el rumor de ella y yo. Ya no pensarían que yo era homosexual. A veces nos citábamos en la biblioteca, pero no estudiábamos. Luego íbamos a su casa a hacer cosas diferentes en el mismo lugar, ella siempre tenía ideas para matar el tiempo, eso me fascinaba de ella.

Llegó un día que después de meterse tanta pasta, estaba tan feliz, sonreía, acercaba su rostro a mi rostro, rodeaba con su mano mi mejilla y me daba besitos en la mejilla, para ese entonces mi rendimiento escolar se había nulificado, la situación con mi familia era frívola, en cambio, con ella parecía tener la riqueza, toda la riqueza mundial en su presencia. Ella fue por unas cervezas, yo me sentía tan nervioso que bebí con ella, solamente se acercó a mí, sonrío y siguió hablando de cosas que en este momento ya no recuerdo. Pero recuerdo que me fascinaba escucharla. Al cabo de unos minutos, terminamos unas cervezas, ella se metió algo de pasta, entonces dijo la palabra mágica, que haría someterme a ella.
-Te amo.
Rodeo sus brazos en mi cuello y me besó. Su boca tenía un sabor amargoso, como whisky, como a ceniza, sus labios fríos y su lengua caliente me intoxicaron. Ya nunca volví a ser yo mismo, era lo que ella quería que fuera. Metió sus manos debajo de mi camisa, dijo muchas cosas románticas, que nunca decía, estaba muy seria, no le gustaba la seriedad, pero esa vez dijo, que era una ocasión que debería tomarse así. Yo sonreí, asentí con la cabeza y dejé que me recorriera con sus labios. 

-Nos vemos en la biblioteca el lunes.- Dijo ella y se despidió con un beso en la boca.
-Si- Respondí. Era viernes por la noche. Y me despedí sonriendo. Mientras caminaba rumbo a mi casa, pensando en ella.

Tengo novia. Pensé. Fue el último pensamiento inocente que pronuncié.

Llegó el lunes y nunca la volví a ver en la escuela. No llegó a la biblioteca donde nos habíamos citado, ninguno de sus maestros sabían de ella, en cambio, todos los maestros sabían que algo andaba mal en mí, a punto de repetir semestre y sin pagar colegiatura. Recogí mis cosas y traté de buscarla en su casa, donde pasaba las tardes con ella. Había mucho silencio. Llamé a su puerta y no respondió. -Estaba dormida de ebria- Pensé. En mi ingenuidad. Después de varios minutos de insistir, un tipo alto y moreno, sin camisa, salió del fondo y preguntó quién era y que quería, solo respondí que era de la escuela, él dijo que ella ya no volvería a la escuela, que estaba indispuesta en ese momento. Que mejor volviera otro día. Algo dentro de mí se quebró para siempre, se quedó en el pavimento un pedazo de mí, que ella pisoteo más de tres veces esa misma semana. Ese día quise llorar como nunca, si, llorar.


Esa misma semana, la encontré afuera del colegio, había cambiado su cabello que parecía una bandera de Camerún, por uno homogéneo, color naranja, ahora me acerqué a ella para decirle que su cabello era cultivo para conejos. Pero no le acusó gracia y apenas me miró, pude notar que había aplicado mucho maquillaje para cubrir golpes en su cara, y como un perfecto imbécil, ni siquiera pregunté si estaba bien. Aunque ella optaba siempre por ignorarme cuando estaba cerca o evadirme cuando podía, yo, estaba destruido por dentro, me mataba día con día. Pero buscaba la insinuación constante para acercarme a ella. Una ocasión la esperé detrás de algún salón y cuando ella pasó la tomé del brazo para que me mirara, le sonreía, como aquella vez en su casa que me besó por primera vez, ella se deshizo de mí, con una frialdad que hería, no parecía ella. ¿Qué le hicieron? ¿Quién se llevó su alegría? 
-Me matas. -Recuerdo que le dije en voz, muy pero muy baja.
Ella siguió caminando sin mirar atrás, y yo me quedé perplejo, casi sediento a sus pies, suplicando por su amor. Me quedaba sin ideas. Algo había cambiado en ella, tan pronto, que me desconocía. Que yo desconocía de ella. Apenas regresaba a sus clases, me paseaba por su salón para ver si hacía el mínimo contacto con ella y que volviera a ser para mí. En mis vanos intentos por llamar su atención, los maestros se acercaban a mí para que desistiera, pero yo estaba convencido de no rendirme, quizá fue mi primera obsesión y la más trascendente de mi vida. Ella tenía ventaja sobre mí. Siempre tuvo más influencia en mi vida, durante meses, incluso años después. 

La última vez que ella se acercó a mí, fue para entregarme una carta escrita por ella, un día de repente, después de perder las ilusiones y las esperanzas por todo, al no saber de ella, entro a mi última clase, dentro de mi cuaderno, se observa una hoja doblada que sobresale, la miro y aunque no conozco su letra, veo que es firmada por ella al final de la página, la alegría que me produjo su carta, contrastó con el sentimiento demoledor que dejó en mí después de leer sus breves líneas dedicadas a mí, casi 20 años han pasado desde entonces, y recuerdo letra por letra, el aroma de la hoja que escribió para mí, era como el aroma de su cuello un poco dulce:

Tijuana Baja California (no recuerdo la fecha exacta)
No recuerdo cuando ni como te conocí, tampoco lo que te dije, ni porque lo dije, me dijeron que fuiste a mi casa, no quiero que vayas, has sido el más grande problema estos meses. Sé que estás obsesionado conmigo, pero se te pasará. Te recuerdo muy poco. Sinceramente la droga me hace hacer locuras, que ni te imaginas. Sigue con tu vida. Deja la mía en paz.

Alondra X


Ahí terminó el más trágico amor de mi vida. Y cómo ella en pocos meses mató todo lo que había en mí. Y ella fue la que hizo imposible renacer totalmente, todavía espero pedazos que puedan reintegrarse a mi pecho. Estúpidamente, a veces la espero a ella. Creo que la nota que me dejó por último, sólo fue un montón de justificaciones para el desastre que era su vida y quería recuperarla, así como fue mi vida después de ella, y como me recuperé, y como actualmente todo es un pretexto, porque no soporto su recuerdo cada vez un poco más difuso. 

Pero que me mantiene vacío y sin ninguna emoción.



Tardé casi una década en entender que cuando ella estaba drogada, simplemente era otra persona, igualmente, entendí después que era aficionada a mentir, el alcohol le daba entusiasmo y su sexualidad desequilibrada era el yugo que dominaba. También tardé más de una década en comprender mi ingenuidad y el daño que la candidez hizo en mí, cuando más necesitaba fortaleza, entusiasmo y seguridad. Ella mató todo lo bueno que había en mí, porque después de mi regeneración, recobré mi vida, mi seguridad, mi entusiasmo, mi nobleza, a pesar de todo, me reintegré a mis clases aunque perdí la beca, me gradué, cuando ingresé a la Universidad, ella aún estaba muy presente en mi vida, que estuvo a punto de no dejarme avanzar y recurrí a terapia por dos años. Al día de hoy, aún recuerdo sus ojos, su boca fascinante, su voz hipnótica y esa sexualidad que despertó en mí, que ella utilizó a su antojo. Recuerdo perfectamente su nombre. El tatuaje que me hice con su nombre casi dos años después del incidente, seguí recordando su cara durante años pero nunca la volví a ver, siempre espero que aparezca de repente, y me explique cosas que están incompletas en mí, quizá al entenderlas mejor, lo que está muerto en mí, tenga esperanza de volver a florecer. Entonces, solamente entonces, ella no será lo peor de mi vida.



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