[la hermosa comedia de las equivocaciones]

Llegaste como una brisa cálida. En mi angustia sedienta, sobre mi piel, en el estío placentero y agreste.
La brisa fue gentil entre la violenta tempestad. 

Y naufragué entre tus brazos, al amor feroz, a la vanidad dichosa, a la gracia dulce de tu voz que me anclaba a la orilla, cuando había naufragado en tantas aguas intranquilas y veleidosas. Siempre fuiste mi placer anquilosado, el andamiaje que me mantenía en puerto seguro, donde se veía el horizonte tan distante, aquí, en mi pequeño y diminuto espacio de mi comodidad, gracias a tu halago y tu aplauso moral. 

Tu boca enclavada en mis labios, fue la metáfora que le daba vida a nuestro entusiasmo, el florecimiento de nuestro amor prematuro, en tus manos habitaba la dulzura, una mágica composición de estelas de fuego y de ausencias que se incorporaron a mi piel arruinada por todos los fracasos. 

Fuiste combatiente contra mi soledad. Diseñaste mi alegría con tu precioso retrato. Reprochaste el agravio y superaste el miedo, aunque yo te recordaba el miedo. Y ante la presencia de ese recuerdo, se fugó la risa y la alegría, por un temor ajeno. Que quizá, sólo alimentaba mi exaltado entusiasmo. 

Y no ha pasado el tiempo, la memoria recuerda en repetidos sueños ese preciso momento de nuestro amor prematuro, de como todo se fue muriendo, de como la distancia mataba los sueños, y esa locura que nos hacía inmortales, ahora nos parecía imprudencia de la que huimos como animales. Algo persiste en ti. De aquella vanidad, de aquella existencia que me hizo vivir, de aquel sueño de promesas futuras que partieron desde el momento que pronunciaste mi nombre, aún con la incredulidad, aún vive la alegría que enamoraba, la risa incauta que hipnotizaba, esa manía de tu carcajada sonora ante una cínica observación mía de nuestra realidad, pude contemplar que tus ojos son los mismos memorables párpados que admiraba, tu cabello no ha cambiado, el mismo tatuaje que desdeñaba la rudeza con que fue dibujado.

Aunque ahora ya no puedo acercarme a palpar tus labios. Ya no puedo merecerte ni un halago o elogio sincero, a pesar que en ti todo persiste sin pasado o sin futuro, pues al mirarte, sólo es presente lo que sueño. Tímidamente, tu mano rozaba la mía, con discreción con cierto dejo de entusiasmo, como si aún residiera ese antiguo vigor con que alguna vez tu mano se entrelazó con la mía y tus dedos rozaron los míos, sin timidez. Y ¿porqué me conformo con tan poco? Del vigoroso roce de tu boca y tus labios que me alimentaba, he recibido casi con miedo, un tímido roce de tus dedos sobre mi mano, un fingido tacto accidental. 

Y es que nunca voy a conformarme demasiado, aunque estés aquí. 
Ahora tampoco me conformo con mucho menos. 

Ni siquiera entiendo porque escribo sobre ti.

Algún día te irás de nuevo. Y quizá esta vez, yo sea quien deba irse. Ya no espero nada de la vida. Ni siquiera de ti, que fuiste tanto en mi vida. Y yo nada fui en la tuya.

La hermosa comedia de las equivocaciones.

Comentarios