[De cuando conoces la soledad un 28 de abril]

La ciudad es decadente. Pero me siento cómodo a esta hora de la madrugada, me siento escondido entre la penumbra de la noche, como si nadie me viera, pero al contrario, es cuando más me observan.

Todo el silencio y la miseria me hacen creer que he crecido con la misma ingenuidad pueril, de la que siempre desdeño. No puedo seguir siendo un infante a mi edad. Quizá no me gusta crecer y darme cuenta que yo también soy un adulto miserable.

Y camino después de una función de cine, cargando mi vaso promocional y el resto de mi paquete de palomitas que no he terminado de comer. Me acompaña una oscuridad profunda y fría. Y yo sonrío por el recuerdo de una película que hizo sentirme vivo, solamente durante su proyección de 120 minutos.

Hay un silencio que no me incomoda, un vacío dentro de mí, que no me hace llorar, ¿Para que llorar una vez más? El frío que me vuelve trémulo, no es ningún desconocido para mí.

Son casi las 4:00 am.

Y me acerco a mi casa, de pronto todo el desorden se acumula en mi cabeza y no hay con quien compartir nada, ese desastre que se aferra a mi mente, acrece y produce mucho ruido interno, cuando todo a mi alrededor está en completo mutismo. Solamente entonces...

Aparece la soledad y me inunda.
Es el momento que quiero volver a llorar.
Porque todo el ruido y desastre que hay en mi cabeza, se encuentra rodeado de soledad. Y es cuando la soledad parece más inmensa, más atrevida y más deplorable. Esta es la verdadera soledad, es ausencia ante todo.

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