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[carta a la añoranza]

Las voces vívidas. Las alegres comisuras desbordando exaltación. Un heróico entusiasmo y una nostálgica ingenuidad es lo que me atrapa en un mismo recuerdo infantil, mi pensamiento infantil estaba fomado por momentos vacíos y triste. El frío y lo gris es lo único que recuerdo de mis ojos y pupilas de mi edad juvenil. Ahí estaba un último día de diciembre, recuerdo que era 1991 o 1992 fue la última vez que sentí alegría y que reí profundamente hasta que me dolió el estómago. Y como mi padre esa noche no estaba ebrio, ahogado en su propio vomito, por el contrario estaba también alegre, cantando esa melodía y bromeando con nosotros alrededor de la mesa, mientras alguna imagen navideña salía en la tele a la que no le prestaba atención, volví a admirar a mi padre un poco, sin saber que después lo odiaría, luego me sería indiferente y ahora lo he redimido es que ha dejado una gran herencia en mi, su misoginia; su ateismo; su racismo; y su nihilismo.

Alegría: y es el recuerdo de su risa lo que aún me mantiene anclado a esa nostalgia, de arder junto a la hoguera como en un cuento de Navidad, cuando al final todo concluye en alegría y se desvanece la pantalla y ahí perdura la felicidad. Se acompaña esa imagen con música. Y añoro esa proyección de mí y mi familia.

Y es que más no recuerdo, no hay risa que más admire o que más me guste. Pero a la vez me repugna. Entonces era feliz tenía una familia. Recuerdo la canción de broma que cantaba mi padre y como yo reía al escucharlo mientras lo único que intentaba era quitarme el miedo de lo que explotaba afuera. Y no recuerdo nada más que hiciera por mí, quizá es por eso que lo recuerdo cada vez más. Porque no quiero que el único hermoso recuerdo de mi infancia se vaya. A veces pienso que como todo lo que escribo, sea un invento, pero esta vez no lo es. Simplemente hubo alguna vez que yo fui niño e ingenuo y mi padre estaba sobrio, estaba feliz de tenerlo.
Después vino una ausencia de todo. Hasta la fecha.
Hoy estoy solo.
Con este nihilismo cotidiano.

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