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[Historias del sexo convexo]

Lo primero que tengo que decir, es que esta historia ocurrió en 1998.


Ella parece desposeída, y yo deshabitado de mi propia sexualidad.
Me mira pasar un par de veces frente a ella, con su frialdad que me atrae, porque las situaciones sentimentales me producían mucha ansiedad e insatisfacción, ella vestida en diminuta falda negra pegada a sus muslos y una blusa roja que dejaba ver un gran escote maximizando la crueldad de sus senos. Me acerco primeramente a sus ojos relucientes y fríos, y luego caigo a rozar su boca fascinante pero inexpresiva, así me atraía una mujer en aquellos tiempo, aún así, siendo una mujer como ella. Después se produce un roce de miradas, breves y oportunas, que abren la fortaleza de su anatomía hacia mi instinto, sin pensarlo o quizá pensando que me tenía un poco seducido tan fácilmente, que acaricia mi hombro un poco al verme pasar por segunda vez, al sentir su mano tan delgada y femenina pierdo impulso, me atrae a sus brazos. Mis piernas tiemblan. Posa su mano encima de la mía y ¡Oh Dios! ¡SONRÍE! viendo la maravilla absoluta e indescifrable de toda la humanidad. Quizá era mi ingenuidad e instinto lo que me dejaba a su cuidado, en el vaivén extraño de su cadencia impura y malsana. Ah si, ella oprime mi brazo junto al suyo, como en un sentido de pertenencia, es muy extraño pensarlo en este momento, porque, tengo una horas de conocerla, aunque la miraba desde hace tiempo, no tenía el atrevimiento de los demás para acercarme y construir una historia de romance. Ni siquiera eso. Yo iba pensando en su sonrisa, a pesar que ella me seducía de una forma más intensa, más sensual y más hipnótica que yo no comprendía, porque estaba demasiado extasiado y arrogante por haber llamado su intención, por caer en su seducción, porque me había hipnotizado con la mirada y ahora simplemente iba persiguiendo su andar tomado de su mano, era la fascinación, una perfección kantiana. Las luces del callejón de esa zona de la ciudad resplandecían y ella a mi lado, -¿habré de besarla?- pensaba, más yo no decía nada por no querer forzar la situación. Cuando el viento soplaba en sentido contrario, llegaba a mi olfato su aromático perfume, un vaho que jugueteaba en su boca con sabor a menta, en su cabello un dulce olor a juventud me inundaba por oleadas y me fascinaba, entusiasmándome más por el momento y deseando que fuera inacabado. Muy pronto subimos a un segundo piso, es cuando todo pareció más extraño, como si una desconocida en la calle te sedujera, fuera lo más cotidiano. -¡Aquí, entra!- Me dijo y yo hipnotizado por ella, hacía todo lo que me decía sin cuestionarlo, era un proceso de enamoramiento porque era irracional como lo son los enamorados, de lo que siempre me había molesta, y en ese momento era todo un hombre irracional (1). Ella, ¿Quién era ella para tenerme a merced de sus palabras? Si conozco su nombre, si pregunto su edad... iba pensando mientras subíamos hacía un segundo o tercer piso, creo que no conté los pisos, solo veía sus caderas prominentes y cadenciosas, que se clavaban en mi pupila y me aterraban durante las noches, por la intención sexual que se ocultaba en su andar. Entramos a una habitación muy pequeña con apenas muebles básicos y descuidados, una cama blanca con olor a cloro, una almohada esponjosa clara y nívea, no había televisión, no había nada más, una ventana como decoración que daba al exterior y una cortina arrugada color vino que colgaba sobre el marco de la ventana. Me gustaba la desolación. Era excitante ahora que lo recuerdo. Ella entra al baño, yo me quedo sentado a la orilla de la cama, hasta para mi ingenuidad, entendía lo que estaba por suceder y de lo cual, me estaba sintiendo orgulloso, arrogante, intrépido con una culminación a la seducción. Habré de besarla. Ella, después de unos instantes regresó a la habitación, estaba completamente desnuda, quedé absorto en su vello púbico sin rasurar, ella me contempló con cierto asombro, esperaba que me quitara la ropa, aunque en ese momento era muy púdico lo hice sin pensarlo, tantas inseguridades arrastraba que sentirme deseado por esa mujer tan exquisita, cambió toda mi inseguridad. Me desvestí. Tenía una erección intensa y ella sin inmutarse o disimular su deseo me puso el condón, quizá pensaba en besarla o esperar a que estuviéramos encima de la cama, me toma de la mano y me suelta casi al instante ella se recuesta sobre el colchón con la cara hacia arriba y abriendo sus piernas dejando ver su sexo fascinante y su vello púbico que recuerdo tan exquisito, tan deseable y agradable. Voy rumbo a su cuerpo, a delinear su anatomía con mis manos y penetrarla impacientemente, con la intención de eyacular, pero también besarla en su boca. Había logrado encontrar una mujer. Mientras en pleno acto mi mente no pensaba en el sexo, pensaba en una vida en común con ella, comenzando con el día siguiente en mi romance utópico que concluía en una larga vida juntos, hasta que la ilusión se quebró cuando eyaculé. Quise besarla. Pero ella se levantó para limpiarse y yo me quedé ahí con el condón aún puesto, mirándola, exhibiendo mi ignorancia ante su sabiduría. Empecé a sospechar que mi imaginación era constantemente inmadura. -¿Cómo te llamas?- Le pregunté antes de salir a la calle nuevamente, de nueva cuenta, la miré sonreír, mientras se vestía completamente, yo hice lo propio, consideré muchas preguntas para culminar el romance y perpetuarlo hasta el día siguiente, quizá su número de teléfono, invitarla a salir, no sé. Terminamos de vestirnos en un silencio denso, pero no pasó mucho tiempo cuando ella al fin respondió y escuché su voz. -Me llamo Catalina, pero me conocen como Jade- Yo sonreí y antes de salir de la habitación volvió a tocar mi hombro, pensé que quería que no me fuera, pero estaba esperando el pago -Son $350.00- pagué, y salimos a la calle, pero ella se perdió entre la multitud y otras habitaciones, llegué al primer piso solo y sin saber de ella, no volví a verla nunca más, pero es la que más recuerdo, siempre fue la más hermosa y más delicada. En otro tiempo, fui a buscarla en el mismo lugar donde la vi por primera vez, pero nunca encontré rastros de ella, nadie en la calle o dentro conocía a Catalina o Jade, quizá mintió, quizá solo existía en mi cabeza que imaginaba cuando practicaba el onanismo.
Pero era Catalina la mujer que era buena y que era mala.


(1) “Hay dos tipos de personas en este mundo, las buenas y las malas. Las buenas duermen mejor, pero las malas parecen disfrutar mucho más las horas en que están despiertas”. Hace referencia a "el hombre irracional" de Woody Allen con la filosofía existencilista y nihilista de satre, Kierkegard y el pesimismo.




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