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[la comedia negra de la puta y el recluta]

Se llamaba Sol, y no como Soledad de la canción de Joaquín Sabina y Fito Paez, había pasado por todas las armas de los reclutas, comenzó su carrera profesional curando heridas y terminó bebiendo whisky con el recluta más joven. Su mirada era radiante como la referencia de su nombre hacia el astro distante, empezó fumando y consumiendo aceite de Hachís, cuando en ese tiempo era sofisticado drogarse, sembraba amapola y marihuana, se carcajeaba cuando afirmaba que eran para sus reumas 
-Pero tú no tienes- le decían, y ella contestaba 
-¿Ves? Si funciona-.

Reía hasta que le dolía el estómago, pero era un chiste que perdía la gracia, cuando al pasar los años su salud deteriorada le impedía siquiera, reírse de sí misma, sus compañeros de trabajo afirmaban que había sido contagiada de sífilis, o de alguna enfermedad al haberse acostado con cualquiera de los reclutas que llegaban a sanarse y como agradecimiento le hacían el amor.

Sol no tenía amor propio, quizá, porque lo había dejado entre las piernas de los reclutas.

Su historia se remontaba a finales de la presidencia de Salvador Allende antes del Golpe de Estado de Augusto Pinochet, de como sus padres sobrevivieron y huyeron del régimen, pero muchos que escuchaban la historia se mostraban incrédulos por tanta pasta que se había metido, incluso había consumido más pasta que un Turista en Verona.

Su adicción por las drogas y el sexo irresponsable la hicieron volverse contra otro tipo de adicción aún más mortal e inevitable, parece que aquella mujer pequeña y de cabello rojo, se debía batirse en duelo con sus sentimientos por un recluta de bajo rango. Pero que le parecía muy atractivo, cuando eso nunca le había interesado, pues era equitativa en repartir su amor, sin mirar a quien. Este hombre supo del interés de Sol y como era una mujer muy coqueta, este hombre se mostró también coqueto y amable, como cualquier hombre que quiere disfrutar de las mieles carnales tolerando las hieles banales.


Este recluta, altruista y elegante, pasó la mayor parte del tiempo autoinfligiéndose heridas para no sanar, y acercarse más a los brazos curativos de Sol. A pesar que las heridas siempre fueron menos dolorosas, que las traiciones y los desamores que experimentó en su ascendente carrera de recluta, pronto Sol, aunque era un poco ingenua y torpe, sin saber que la ingenuidad y su torpeza fue producto de su adicción al tabaco, la coca y el alcohol, cosa que importaba poco, pero no menos que su adicción a los penes, de cierto modo era obsesa a tener algo en la boca siempre que le causara placer. 


Tan solo el placentero deseo que experimentaba al pensar en el delicioso miembro viril del recluta, le hacían ignorar por completo las heridas, casi propositivas, y una ineludible muestra de amor enfermizo, aunque los dos coqueteaban mutuamente, las muestras de afecto pasaron de la habilidad curativa de Sol y la pericia del recluta de mostrarse siempre herido aún cuando participaba poco en el campo de batalla y generalmente, lo hacía desde su propia trinchera, acuartelado y temblando de miedo, porque no quería morir, pero no le importaba herirse, para estar con Sol un poco antes de ser sospechosamente incompetente, así, justamente como el amor envenena los corazones más nobles. 


Sol era la más hermosa, no solamente entre las mujeres de la localidad, era la única en cumplir los 35 años sin padecer gangrena o sífilis. Aunque su belleza era a veces eclipsada por el cadáver que parecía haber enterrado en su boca, cada vez que hablaba su aliento la delataba. El recluta parecía disfrutar ese vaho caliente y hediondo.


Pasaron más de una noche, arropados solo por sus olores, por sus cobijos perversos e inmudos, atestados de satisfacción. Antes de verlo partir, una vez más sanado por Sol, cubriendo el frente con el batallón de Infantería, que lo vería enfermar de verdad, acaecido por una tremenda fiebre y de debilidad extrema. Que ya no pudo volver al campamento para ser curado por Sol, y ésta a su vez, pensó que era un recluta como todos los demás, que sólo querían llevarla a la cama o a ese camastro de enfermería, para ser más precisos. 


El recluta, de quien no sabía hasta entonces ni su nombre o su apellido, enfermó más durante el ataque a un cuartel militar de los enemigos. Sol, como siempre esperaba verlo llegar herido, pero sin ningún riesgo, hubo un momento que ya no esperó más, y cansada se enlistó como enfermera en el campamento del batallón donde luchaba el recluta, luchaba por sobrevivir de la fiebre en realidad, ya que nunca salía de su propia trinchera. Parecía un verdadero soldado. 


Mientras en el frente de batalla miles de soldados enfrentaban al enemigo con sus armas, el recluta enfermo, huía valientemente de la escena. 


Sol no sabía que hacer. Lo acusarían de traición. Ella sería exiliada. Estaría incomunicada. Nunca podría cuidar de nuevo al recluta. Soñaba con casarse con ese soldado, pero era tan cobarde en batalla, que de la misma forma parecía huirle al compromiso. 


Sol se acercó y cuidó de él, curó su fiebre, prometió que volvería por él, y regresó a la enfermería, para guardar sus cosas y solicitar su cambio, para poder llevarse con ella al recluta, todo fue un escándalo, a Sol se le empezó a conocer como la Puta del recluta, Sol-hetaria. Fue todo un escándalo. Conmocionó a los puritanos. Incluso los pervertidos se sintieron ofendidos. Fue tan fuerte la indignación, que Sol ya no pudo ser enfermera y se vio obligada a huir, con sus plantas de Amapola, su whisky y su diploma de enfermería por correspondencia. 

¡Que escándalo! Una enfermera de cabello pelirrojo, pasó por todas las armas de los reclutas, y un soldado de bajo rango, aún con esos antecedentes decidió fugarse con ella. ¡Que lío! ¡Que tonto! ¡Inmorales!

Gritaban todos. 

Sol había regresado, como prometió, por el recluta cobarde. Que hasta para tomar decisiones, era un cobarde. Con Sol compartía más que noches sexuales sin recato, compartían la misma obsesión por los penes de los reclutas que ambos habían encontrado placentero.

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