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[Princesa de Uxmal Vol. II]

Te reintegré a mi vida difamada e inhóspita. Con la promesa de "todo será diferente", una promesa de autocomplacencia, acercándome al hermoso de los engaños. Pero mi engaño favorito, el que me impedía avanzar, todas tus mentiras siempre fueron mi aliciente de un futuro mejor, aunque descuidara mi presente, aunque lo arrojara al abismo, tus promesas siempre construían bonitos castillos de arena, siempre me imaginé contigo, prometiste que nuestras manos estarían unidas previniendo el desastre del mundo, esa promesa fue la primera que rompiste, cuando en el fruto de tu rebelde boca brotaron besos de sincero afecto y locura, que tuve que tragarme.

De todas las cosas, me gustaba tu visión de la vida, infantil y un poco madura, pero alegre a pesar de la contradicción. Siempre te identificaba con la claridad, con la luz más brillante, esto aún contradiciendo tu intento de permanecer misteriosa y oculta. Porque alumbraste mi sendero en el transcurso del ocaso al alba, y eso fue mejorando cuando te convertiste, de manera imprevisible, en el único astro por el cual giraba mi mundo alrededor tuyo.

Sinceramente, sólo llegaste, no hiciste nada más que llegar. Ese fue todo tu encanto el que me enamoró aquella vez en verano. Y así sin hacer nada más, me tuviste inerte ante tus brazos, doliente ante tus elogios, grato en el calor de tu boca al amparo del cuerpo marchito, venerando la imagen mental que había hecho de ti y no aquel arquetipo venenoso de desamparo y sevicia.

Esa fue toda la droga, el único veneno mezclado con soledad y dependencia que me mantuvo preso y cautivo a tu lado. Estuve enfermo, me dañé al intentar curarte del mal que ni siquiera estaba seguro que te poseía. Pero así era en mi ideal romántico, el que debía sufrir desconsoladamente intentando agradarte para que yo pudiera sentirme útil, para sentir que tenía un valor como persona. Para creerme falsamente el romance inventado, un romance inexistente, al menos para ti.

De nuevo te fuiste, pero ahora con la diferencia que ya no prometiste nada, yo no escuché las promesas, ni siquiera tuve que prometer algo. Simplemente te alejé, aunque recordé el dolor de tu primera separación, esta vez como en los últimos 8 años, nada me duele, nada me daña, nada me quiebra, nada me hace falta. Ya no hay nada que pueda dolerme, será porque he aprendido a soportar el mismo dolor o simplemente porque ya no queda nada humano en mí.

Pensándolo bien. Eso fue lo que hiciste.
Ya no quiero que lo hagas más. Perdóname si ya no te vuelvo a hablar, es posible que no lo entiendas, porque te hace falta estar de este lado del monitor con esta sequedad de ti que ya no voy a curar.

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