[Yautepec: Un lugar en México]

by - viernes, noviembre 09, 2018

Un hombre entra a un bar cada viernes a las 9.45 de la noche, pide un tequila, en silencio lo bebe de un sorbo y se va, sin decir una palabra. Cada viernes a la misma hora, vuelve y pide el mismo trago. Hasta que después de siete años de repetir su rutina, un viernes, el hombre ya no vuelve nunca al bar.

Me obsesioné por la identidad de aquel hombre extraño y enigmático.

YAUTEPEC, MÉXICO 1996

Yautepec es un pequeñísimo pueblo en el estado de Morelos en México. Siempre inmerso en la rutina hasta que ese hombre misterioso apareció como cualquier otro cliente regresando cada viernes a la misma hora desde 1988 y luego se esfumó de repente un viernes de 1996.

Cuando este hombre desapareció. Emprendí una búsqueda feroz para descubrir el misterio de su obsesión sin darme cuenta que yo también había nutrido mi obsesión por un hombre desconocido y enigmático.

Recuerdo su voz dulce y grave al pedir su trago, adusto al saludo, tísico y de piel ajada, su rostro apenas visible lucía una barba hirsuta, debajo de una luz incapaz de definir su anatomía, parecía saludable y de no haberme intimidado tanto con su presencia, me habría acercado para averiguar más sobre él y su obsesiva afición por los viernes a las 9.45 de la noche. A pesar de su intimidante presencia, poseía una especie de atracción, aunque no era una fascinación romántica, más bien era una fuerza hipnótica que me atraía de una forma irracional e inexplicable, pero a la vez, me repelía de cualquier contacto.

Con el valor suficiente, investigué a aquel hombre enigmático y con ello la posibilidad de encontrarle sentido a su vieja rutina de cada viernes o de averiguar la causa de su misteriosa desaparición. Ambos descubrimientos completarían mi repentina fascinación mórbida.

Pienso en acudir a otros bares, por si aquel hombre extraño encuentra asilo en otras copas. Aunque aquí en Yautepec, no hay muchas opciones, solo contamos con tres bares, un lugar francamente aburrido. Aquel hombre hizo de mi propia vida solitaria y monótona, una delectación seductora.

El primer bar que acudí en busca de indicios de aquel hombre misterioso, convencido que no era un fantasma, fue el bar ”La Mexicana”, que abría a la puesta de sol, era propiedad de Don Ramiro un sexagenario aficionado a los naipes y el billar. No quería parecer un demente violentando su taciturno estado de placidez, así que, vigilé el lugar detenidamente, en busca de aquella figura enigmática del hombre del bar donde yo trabajaba, descarté cada rincón, cada mesa, esperando encontrar aquella pose de su anatomía tan hipnótica que aún recuerdo a pesar de la escasa visibilidad con que solía abrigarse cada que acudía al bar, deduje que mantendría ese misterio. Pero no encontré ningún indicio de aquel hombre extraño, tampoco a Don Ramiro, la mesa de billar lucía apagada y el último cigarro quemado al lado de sus naipes estáticos.

―¿Qué ha pasado?― Pensé en voz alta.

Una joven camarera tentaba con su mano mi hombro, yo tan absorto en mi pensamiento que no advertí su tacto ni su asombrosa belleza.

―¿Que te sirvo?― Preguntó esa joven que dijo llamarse Esperanza.

―Yo no vengo a beber, busco a Don Ramiro. ― Dije sin dejar de observar a mi alrededor, esperando encontrar entre otros rostro la envejecida faz de Don Ramiro o la anatomía misteriosa de aquel extraño hombre.

―Don Ramiro falleció...― Dijo Esperanza, mudando su semblante festivo.

―¿Falleció?― Pregunté por asombro. Ella me acercó su mano y me arrastró hacia una mesa vacía, intentando explicarme lo ocurrido. Después de decirme que encontraron a Don Ramiro muerto en su habitación, parece que fue un ataque al corazón fulminante y raudo. Después del silencio adecuado. Me aventuré, aunque sonara demente, pero estaba tan fascinado y obsesionado que realmente ya estaba loco.

Inicié mi historia con aquel primer viernes de 1988 a las 9.45 de la noche en que un hombre misterioso entra al bar pide un trago lo bebe en silencio y se marcha, así durante siete años hasta que un viernes dejó de aparecer y me causó tanto asombro su presencia que en su ausencia he enloquecido por averiguar sobre él. Sin encontrar ningún indicio de su existencia, pero afirmo que no es un fantasma.

―No, no es un fantasma. ―Dijo ella ante mi asombro, relata: ―También vi a aquel hombre extraño cada viernes a las 9.45 de la noche desde hace pocos meses y pidió el mismo trago también, pero su presencia me parecía profundamente terrible y complicada, no pude atenderlo, Don Ramiro le tomaba la orden, sin ningún incidente, hasta que un viernes este hombre tocó la mano de Don Ramiro al querer beber su trago, Don Ramiro retrocedió espantado y arrojó todos los vasos al piso del bar, el hombre extraño se levantó y se marchó sin inmutarse, esa fue la última vez que estuvo aquí, Don Ramiro comenzó a sentirse enfermo, creo que por la impresión, se fue a casa pero ya no se recuperó y falleció. Hace unos días, Juana, la florista dijo haberlo visto un viernes a las 9.45 de la noche, rondando sus tulipanes, cuando la encontraron trémula, babeante y sollozante, porque afirmó que ese hombre extraño que olía a carne podrida, según Juana, tocó su hombro y eso la perturbó tanto que se arrojó desde la azotea, el viernes anterior a las 9.45 de la noche ese hombre enigmático bebía con Luis, ese alegre viejo de la plaza y cayó muerto unos instantes después...―

Todas las personas que tocaron aquel hombre extraño y misterioso, cayeron muertas posteriormente.

Las coincidencias me llevaron a la conclusión, que aquel hombre extraño y misterioso que entraba al bar cada viernes a las 9.45 de la noche durante siete años y bebía el mismo trago, en realidad era la parca y me estaba rondando la muerte.

Concurso ZendaLibros. #DíaDeMuertos

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